De.licio.us Dada

EL ENTIERRO PREMATURO

01/07/2009 20:55

Por arkaiko

E L   E N T I E R R O

P R E M A T U R O

E D G A R   A L L A N   P O E






EL ENTIERRO PREMATURO

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
 morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las
predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
 muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto)
 por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.

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Por arkaiko

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PESADILLA DESPIERTO -- Fredric Brown

 
PESADILLA DESPIERTO

Fredric Brown







Todo empezó como un sencillo caso de asesinato. Esto ya era bastante malo, porque era el primer asesinato cometido durante los cinco años que Rod Caquer llevaba de Teniente de las Fuerzas de Policía, en el Sector Tres de Callisto.

Toda la población del Sector Tres se sentía orgullosa de aquella marca, o por lo menos se había sentido, hasta que aquel récord había dejado de significar algo.

Pero antes de que aquel caso se terminara, nadie se habría sentido más contento que Rod Caquer si el asunto hubiese sido un simple caso de asesinato sin complicaciones cósmicas.

Los sucesos empezaron a ocurrir cuando el zumbido del aparato hizo que Rod Caquer dirigiera la mirada hacia la pantalla de su telecomunicador.

La imagen de Barr Maxon, Director del Sector Tres, le contemplaba severamente.

- Buenos días, Director - dijo Caquer, amablemente -. Me gustó mucho el discurso que pronunció la noche pasada sobre los...

Maxon le interrumpió.

- Gracias, Caquer - dijo -. ¿Conoce a Willem Deem?

- ¿El propietario de la tienda de libros y films? Sí, algo.

- Está muerto - anunció Maxon -. Parece asesinato. Más vale que vaya en seguida.

Su imagen desapareció de la pantalla, antes que Caquer pudiera hacer ninguna pregunta. Pero las preguntas podían esperar. Caquer ya se dirigía a la puerta, mientras se abrochaba el cinto de su espadín.

¿Un asesinato en Callisto? No acababa de creerlo, pero si era cierto lo mejor que podía hacer sería llegar allí cuanto antes. Con toda rapidez, si es que quería poder echar un vistazo al cuerpo antes de que no lo incineraran.

En Callisto, los cadáveres no pueden preservarse más de una hora después de su muerte, debido a las esporas de hylra que, en pequeñas cantidades, flotan siempre en el ambiente. Desde luego, son inofensivas para los tejidos vivos, pero aceleran enormemente la putrefacción en los tejidos animales muertos, de cualquier clase.

El Dr. Skidder, médico forense, atravesaba la puerta de la tienda de libros y películas cuando el Teniente Caquer llegaba, casi sin aliento.

El médico señaló con el pulgar hacia atrás.

- Más vale que se apresure si quiere echar una mirada. Se lo llevan por la puerta trasera. Pero he examinado...

Caquer pasó por su lado corriendo y alcanzó a los sanitarios en la parte de atrás.

- Hola, muchachos, déjenme echar un vistazo - dijo Caquer mientras levantaba la tela que cubría la cosa depositada en la camilla.

Después de verlo se sintió un poco marcado, pero no había ninguna duda de la identidad del cadáver o de la causa de la muerte. Había tenido la esperanza que aquello podría resultar en una muerte por accidente, después de todo. Pero el cráneo estaba partido hasta las cejas, un golpe dado por un hombre fuerte con una pesada espada.

- Deje que nos marchemos, Teniente. Hace casi una hora que lo han encontrado.

La nariz de Caquer confirmó esta observación y volvió a colocar la sábana en su lugar rápidamente y dejó que los sanitarios se dirigieran a su brillante ambulancia blanca, estacionada delante de la puerta.

Volvió a entrar en la tienda, pensativo, y lanzó una mirada a su alrededor. Todo parecía estar en orden. Las largas estanterías de mercancías envueltas en celofán estaban limpias y arregladas. La fila de cabinas en un extremo del local, algunas equipadas con visores para los clientes que deseaban examinar libros, mientras otras disponían de aparatos de proyección para aquellos que estaban interesados en microfilms, estaban vacías y ordenadas.

Un pequeño grupo de curiosos se había reunido en el exterior y Brager, uno de los policías, estaba ocupado en impedir que entrasen en el local.

- Oiga, Brager - dijo Caquer. El patrullero entró en la tienda y cerró la puerta detrás de él.

- Diga, Teniente.

- ¿Sabe algo de esto? ¿Quién lo encontró, cuándo, etc.?

- Yo lo encontré, hace casi una hora. Estaba haciendo mi ronda, cuando oí el disparo.

Caquer lo miró, sin expresión.

- ¿El disparo? - repitió.

- Sí. Entré corriendo y lo encontré muerto sin que se viera a nadie por aquí. Estaba seguro de que nadie había salido por la puerta principal, de modo que fui a la trasera y tampoco se veía a nadie. De manera que regresé y llamé por teléfono.

- ¿A quién? ¿Por qué no me llamó a mí directamente?

- Lo siento, Teniente, pero estaba excitado y sin duda marqué el número mal y salió la comunicación con el Director. Le dije que alguien había disparado contra Deem y me ordenó que me quedase de guardia y que él llamaría al forense, a la ambulancia y a usted.

«¿Lo habría hecho en aquel orden?», se preguntó Caquer. Sin duda, ya que él había sido el último en llegar allí.

Pero puso aquel detalle a un lado para concentrarse en la cuestión más importante, que Brager había oído un disparo. Eso era absurdo, a menos que, pero no, aquello era también absurdo. Si Willem Deem había sido muerto de un tiro, el médico no le habría abierto el cráneo como parte de su autopsia.

- ¿Qué es lo que quiere decir por un disparo, Brager? - preguntó Caquer -. ¿Un arma explosiva de las de tipo antiguo?

- Sí - dijo Brager -. ¿No ha visto el cadáver? Tiene un agujero en el pecho, justo en el corazón. Creo que es un agujero de bala. Nunca he visto uno antes. No sabía que existiera una pistola en Callisto. Fueron prohibidas antes que las armas radiónicas.

Caquer asintió lentamente.

- ¿No has visto ninguna otra señal de... ejem... alguna otra herida? - insistió.

- Caramba, no. ¿Por qué tendría que haber alguna otra herida? Un agujero en el corazón es suficiente para matar a un hombre, ¿no?

- ¿Adónde se fue el Dr. Skidder cuando salió de aquí? - preguntó Caquer -. ¿Dijo algo antes de irse?

- Sí, me dijo que como usted le pediría su informe se marchaba a su oficina y que esperaría hasta que usted fuese allí o le llamase. ¿Qué quiere que haga yo ahora, Teniente?

Caquer pensó por un momento.

- Vaya a la casa de al lado y use su visífono, Brager, yo tengo que comunicar por éste. - Caquer ordenó por fin al policía -. Llame a tres hombres más y los cuatro se dedican a visitar a todas las casas de la manzana y a preguntar a todo el mundo.

- ¿Quiere decir si vieron a alguien escapar por la puerta trasera, o si oyeron el disparo y todo eso? - preguntó Brager.

- Sí. También todo lo que sepan de Deem, o de quien pudiera haber tenido un motivo para matarlo.

Brager saludó y se marchó.

Caquer llamó al Dr. Skidder por el visífono.

- HoIa, Doctor - dijo -. Suéltelo todo

- Nada más que lo que había a la vista, Red. Un arma radiónica, desde luego. A corta distancia.

El Teniente Red Caquer trató de dominar sus pensamientos.

- Repita eso, por favor, Doctor.

- ¿Qué sucede? - preguntó Skidder -. ¿Nunca ha visto una muerte por arma radiónica antes? Es posible que no la haya visto, Red. Pero hace cincuenta años, cuando yo era estudiante, las teníamos de vez en cuando.

- ¿Cómo lo mató?

El Dr. Skidder pareció sorprendido.

- Ah, entonces no alcanzó a los sanitarios. Creía que habría visto el cuerpo. En el hombro izquierdo tenía quemada toda la piel y la carne, y el hueso chamuscado. La muerte fue debida a shock; el rayo no alcanzó ninguna área vital. La quemadura hubiese sido mortal de todos modos, pero el shock hizo la muerte instantánea.

«Los sueños deben ser algo parecido a esto», pensó Caquer. En los sueños pasan cosas que no tienen ningún significado - se dijo a sí mismo - pero ahora no estoy soñando, esto es real.

- ¿Ninguna otra herida o señales en el cuerpo? - preguntó lentamente.

- Ninguna. Le sugiero, Red, que se concentre en la busca del arma. Registre todo el Sector Tres, si es necesario. Ya sabe cómo son las armas radiónicas, ¿no?

- He visto fotografías - dijo Caquer - Dígame, Doctor ¿Hacen ruido? Nunca he visto el disparo de una.

El Dr. Skidder movió la cabeza.

- Hay un destello y un sonido silbante, pero no producen estruendo.

El doctor se lo quedó mirando.

- ¿Quiere decir un disparo de arma explosiva?

- Desde luego que no. Sólo un débil s-s-s. No se podría oír a más de cinco metros.

Cuando el Teniente Caquer hubo cerrado el visífono, se sentó y cerró los ojos, tratando de reunir sus ideas dispersas. De alguna manera tendría que encontrar la verdad entre tres observaciones contradictorias. La suya, la del policía y la del Doctor.

Brager había sido el primero en ver el cuerpo y había dicho que tenía un agujero en el corazón. Y que no había más heridas. Que había escuchado el ruido del disparo.

Caquer pensó, supongamos que Brager miente. Seguía sin haber lógica. Porque de acuerdo con lo dicho por el Dr. Skidder no había agujero de bala, sino una quemadura por rayo. Skidder había visto el cuerpo después de Brager.

Alguien podía, por lo menos en teoría, haber usado un arma radiónica en el intervalo, sobre un cuerpo ya muerto. Pero...

Pero aquello no explicaba la herida de la cabeza, ni el hecho que el médico no había visto el agujero de bala.

Alguien podía, por lo menos en teoría, haber golpeado el cráneo con una espada, entre el momento que Skidder había hecho la autopsia y el instante en que él, Caquer, había visto el cadáver. Pero...

Pero aquello no explicaba porque él no había visto el hombro quemado cuando había levantado la sábana que cubría el cuerpo de la camilla. Podía haber dejado de observar el agujero de la bala, pero no era posible que no se hubiera fijado en un hombro en el estado que lo había descrito el Dr. Skidder.

Siguió trabajando en aquel rompecabezas, hasta que al fin decidió que sólo había una explicación posible. El médico forense mentía, por la razón que fuese. Ello significaba, desde luego, que él, Rod Caquer, no se había fijado en el agujero de la bala; pero aquello seguía siendo posible.

Mientras que la historia de Skidder no podía ser cierta. El mismo Skidder, durante la autopsia, podía haber hecho la herida de la cabeza. Y después, podía haber mentido sobre la quemadura del hombro. Caquer no podía imaginarse por qué - a menos que el hombre estuviese loco - habría cometido ninguna de las dos cosas. Pero ésa era la única forma en que podía hacer encajar todas las piezas del problema.

Pero ahora el cuerpo ya había sido incinerado. Sería su palabra contra la del Dr. Skidder...

«Pero, ¡espera!...» los sanitarios, dos de ellos, tenían que haber visto el cuerpo cuando lo colocaban en la camilla.

Rápidamente, Caquer se puso en pie delante del visífono y obtuvo comunicación con el Hospital.

- Los dos sanitarios que retiraron un cadáver en la Tienda 9364, hace menos de una hora, ¿han llegado ya al Hospital? - preguntó.

- Un momento, teniente... Sí, uno de ellos ha acabado su guardia y se ha marchado a casa. Pero el otro está aquí.

- Que se ponga al aparato.

Red Caquer reconoció al hombre que se situó delante de la pantalla. Era uno de los enfermeros que le habían pedido que se apresurase.

- Sí, teniente - dijo el hombre.

- ¿Usted ayudó a poner el cuerpo en la camilla?

- Desde luego.

- ¿Qué diría usted que fue la causa de la muerte?

El hombre vestido de blanco se quedó mirando a la pantalla incrédulamente.

- ¿Está bromeando, Teniente? - sonrió -. Hasta un tonto podía ver lo que le había sucedido a aquel tipo.

Caquer arrugó el ceño.

- Sin embargo, hay declaraciones contradictorias. Quisiera su opinión.

- ¿Mi opinión? Cuando a un hombre le han cortado la cabeza, no pueden haber diferencias de opinión, Teniente.

Caquer se obligó a hablar tranquilamente.

- El otro hombre que fue con usted, ¿podrá confirmar eso?

- Desde luego. ¡Por Júpiter! Tuvimos que colocarlo en la camilla en dos trozos. Primero, nosotros dos colocamos el cuerpo y luego Walter cogió la cabeza y la colocó al lado del busto. El asesinato se cometió con una onda desintegradora, ¿no fue así?

- ¿Usted comentó el caso con su compañero? - dijo Caquer - ¿No hubo diferencia de opiniones respecto a... uh... los detalles?

- En realidad, sí que la hubo. Por eso le pregunté si el arma usada era un desintegrador. Después que llevamos el cuerpo al incinerador, mi compañero trató de convencerme que el corte tenía la apariencia de que alguien le hubiese dado varios golpes con un hacha o algo parecido. Pero era un corte limpio y recto.

- ¿Vio alguna señal de herida en la parte superior del cráneo?

- No. Oiga, Teniente, no tiene muy buen aspecto. ¿Le pasa algo?

Esa era la situación con la que se enfrentó Rod Caquer y no se le puede culpar por desear que todo hubiese quedado en un simple caso de asesinato.

Unas cuantas horas antes le había parecido bastante mal que se hubiesen interrumpido la serie de años en que no se había registrado ningún asesinato en Callisto. Pero, desde entonces, las cosas se habían complicado. El aún no lo sabía, pero aún se iban a complicar más y aquello era sólo el principio.

Ya eran las ocho de la tarde y Caquer seguía en su despacho con un ejemplar del formularlo 812 delante de él, encima de la brillante superficie de duraplástico de su escritorio. En el formulario había unas cuantas preguntas impresas, aparentemente preguntas muy sencillas.

Nombre del difunto: Willem Deem.

Ocupación: Propietario de una tienda de libros y films.

Residencia: Departamento 825. Sector Tres. Callisto.

Residencia comercial: Tienda 9364. St. Tres. Callisto.

Hora de la muerte: Aprox. 3 tarde. Hora Oficial Callisto.

Causa de la muerte:...

Sí, las cinco primeras preguntas habían sido contestadas en un abrir y cerrar de ojos. Pero, ¿y la sexta? Había estado contemplando el impreso durante más de una hora. Una hora de Callisto, no tan larga como las de la Tierra, pero inacabable cuando se está considerando una pregunta como aquélla.

Fuese como fuese, tendría que escribir algo.

En vez de hacerlo, apretó el botón del visífono y un momento más tarde Jane Gordon le estaba contemplando desde la pantalla. Y Rod Caquer le devolvió la mirada, porque era algo que valía la pena.

- Hola, Jane - dijo - Me temo que no podré venir esta noche. ¿Me perdonas?

- Desde luego, Rod. ¿Qué sucede? ¿El asunto de Deem?

El asintió sombríamente.

- Papeleo. Montañas de informes impresos que tengo que preparar para el Coordinador del Distrito.

- Oh, ¿cómo fue asesinado, Rod?

- El artículo sesenta y cinco - dijo él con una sonrisa - prohíbe dar detalles de ningún crimen sin resolver, a ninguna persona civil.

- Lástima del artículo sesenta y cinco. Papá conocía a Willem Deem y ha estado en casa a menudo. Mr. Deem era prácticamente un amigo nuestro.

- ¿Prácticamente? - preguntó Caquer - ¿Entonces debo entender que no te gustaba, Jane?

- Bien, creo que no. Era una persona de conversación interesante, pero un tipo sarcástico, Rod. Pienso que tenía un sentido pervertido del humor. ¿Cómo lo mataron?

- Si te lo digo, ¿me prometes que no harás más preguntas? - preguntó Caquer.

Los ojos de ella brillaron esperanzados.

- Desde luego.

- Le dispararon con una pistola del tipo explosivo y con otra radiónica. Alguien le abrió el cráneo con una espada, le cortó la cabeza con un hacha y también con una onda desintegradora. Después que estuvo colocado en la camilla, alguien le volvió a pegar la cabeza, porque no estaba separada cuando yo la vi. Y cerró el agujero de la bala, y...

- Rod, deja de decir tonterías - le interrumpió la muchacha -. Si no me lo quieres decir, conforme.

Rod sonrió.

- No te enfades. ¿Cómo sigue tu padre?

- Mucho mejor. Está durmiendo ahora, pero muy mejorado. Creo que podrá volver a la Universidad la semana que viene. Rod, pareces cansado. ¿Cuándo tienes que entregar esos informes?

- Veinticuatro horas después del crimen. Pero...

- Pero, nada. Vente aquí en seguida. Puedes escribir tu informe por la mañana.

Ella le sonrió y Rod sucumbió.

- Muy bien, Jane - dijo -. Pero voy a pasar por el Cuartel de Patrullas. He puesto algunos hombres investigando en el barrio donde se cometió el crimen y quiero sus informes.

Pero el informe, que encontró le estaba esperando, no lanzaba ninguna luz sobre el asunto. La investigación había sido completa, pero no había conseguido descubrir ninguna información de importancia. No se había visto a nadie entrar o salir de la tienda de Deem, antes de la llegada de Brager, y ninguno de los vecinos de Deem sabían que éste tuviera ningún enemigo. Nadie había escuchado el disparo.

Rod Caquer gimió y se metió el informe en el bolsillo. Mientras caminaba hacia la casa de los Gordon, se preguntó cómo iba a dirigir la investigación. ¿Qué es lo que hacía un detective en un caso como aquél?

Cierto; cuando él era un chico que iba a la escuela, allá en la Tierra, había leído novelas de detectives. Los policías generalmente conseguían atrapar a alguien, descubriendo discrepancias en sus declaraciones. Casi siempre lo hacían de un modo dramático.

Había Wilder Williams, el más grande de todos los detectives de novela, que podía mirar a un hombre y deducir toda su historia por el corte de su traje y la forma de sus manos. Pero Wilder Williams nunca se había encontrado con una víctima que había sido muerta de tantas formas diferentes como testigos.

Pasó una tarde agradable - pero inútil - con Jane Gordon, a quien pidió en matrimonio de nuevo y de nuevo fue rechazado. Pero ya estaba acostumbrado a eso. Ella estaba un poco más fría que de costumbre, esa noche, probablemente porque estaba resentida, ya que él no había querido contarle lo de Willem Deem.

Luego se fue a casa a dormir.

Desde la ventana de su departamento, después que hubo apagado la luz, podía ver la monstruosa bola de Júpiter colgada baja en el cielo, el verdeoscuro cielo de medianoche. Se tendió en la cama y la miró hasta que podía verla después de cerrar los ojos.

Willem Deem, muerto. ¿Qué iba a hacer con Willem Deem? Sus pensamientos giraban en círculos, hasta que al fin una idea clara surgió del caos.

Mañana por la mañana hablaría con el doctor Skidder. Sin mencionar la herida de espada en la cabeza, le preguntaría si había notado el agujero de bala que Brager decía haber visto sobre el corazón. Si Skidder aún decía que la quemadura radiónica era la única herida, llamaría a Brager y le dejaría que discutiese con el médico.

Y luego... Bien, ya pensaría en ello cuando llegase el momento. De otro modo nunca conseguiría dormir.

Pensó en Jane, y se durmió.

Después de un rato, soñó. ¿Era aquello un sueño? Si lo era, entonces soñó que se encontraba en la cama, casi, pero completamente despierto y que habían murmullos que le hablaban de todos los rincones de su habitación. Susurros que salían de la oscuridad.

¡Susurros!

- Mátalos.

- Los odias, los odias, los odias.

- Mata, mata, mata.

- El Sector Dos tiene todos los beneficios y el Sector Tres hace todo el trabajo. Explotan nuestras plantaciones de corla. Son malos.

- Mátalos, apodérate de ellos.

- Los odias, los odias, los odias.

- Los del Sector Dos son incapaces y usureros. Llevan la mancha de sangre marciana en las venas. Derramar, derramar sangre de Marte. El Sector Tres debe gobernar a Callisto. Tres es el número afortunado. Estamos destinados para gobernar a Callisto.

- Los odias, los odias, los odias.

- Mata, mata, mata.

- Sangre marciana de villanos usureros. Los odias, los odias, los odias.

Susurros.

- Ahora, ahora, ahora.

- Mátalos, mátalos.

- Ciento noventa millas a través de la llanura. Iremos allí en una hora con los monocoches. Ataque por sorpresa. Ahora, ahora, ahora.

Y Rod Caquer estaba levantándose de la cama, vistiéndose apresurada y ciegamente sin encender la luz, porque eso era un sueño y los sueños suceden en la oscuridad.

Su espada estaba en la vaina de su cinto y la sacó y probó el filo, y la hoja estaba afilada y dispuesta a verter la sangre de los enemigos a quienes iba a matar.

Ahora su espada iba a lucir en arcos de roja muerte, aquella espada que nunca había probado la sangre, aquella anacrónica espada que era la enseña de su profesión, de su autoridad. Él nunca había sacado la espada para luchar, aquel corto símbolo de una espada, sólo de cincuenta centímetros de largo; suficiente, sin embargo, para alcanzar el corazón; diez centímetros para llegar al corazón.

Los susurros continuaron.

- Los odias, los odias, los odias.

- Derrama la mala sangre; mata, mata, mata.

- Ahora, ahora, ahora, ahora.

Con la espada desenvainada en su puño crispado, había atravesado silenciosamente la puerta, bajado por la escalera, por delante de los otros departamentos.

Algunas de las otras puertas también se abrían. No estaba solo, allí en la oscuridad. Otras figuras se movían a su lado, en la negrura.

Se deslizó por la puerta hacia la oscuridad fría de la calle. La oscuridad que debía haber estado brillantemente iluminada. Esta era otra prueba de que estaba soñando. Las luces de la calle nunca se apagaban, después de anochecer. De las primeras horas de la tarde hasta el amanecer, nunca estaban apagadas.

Pero Júpiter, aún por encima del horizonte, proporcionaba suficiente luz para poder ver por dónde caminaba. Era como un dragón redondo en los cielos y la mancha roja con un maligno ojo.

Los susurros suspiraban en la noche, murmullos que llegaban de todas partes alrededor de él.

- Mata, mata, mata.

- Los odias, los odias, los odias.

Los susurros no venían de las figuras en sombras que le rodeaban. Todos marchaban hacia delante, silenciosamente, como él.

Los susurros procedían de la misma noche, palabras que ahora empezaban a cambiar de tono.

- Espera, esta noche no, esta noche no - decían. - Vuelve, vuelve, vuelve.

- Regresa a tu casa, a tu cama, regresa a tu sueño.

Y todas las figuras alrededor de él estaban de pie, inmóviles, llenas de vacilación igual que él. Y entonces, casi simultáneamente, habían empezado a obedecer a los susurros. Habían dado media vuelta y regresado igual que habían venido, y tan silenciosamente...

Rod Caquer se despertó con un ligero dolor de cabeza y una sensación de inquietud. El sol, pequeño pero brillante, ya estaba muy alto en el cielo.

Su reloj le dijo que era un poco más tarde que de costumbre, pero se quedó en la cama unos cuantos minutos aún, tratando de recordar el loco sueño que había tenido. Los sueños son así, hay que tratar de recordarlos inmediatamente que uno despierta, antes de estar completamente despierto, o uno se olvida de ellos completamente.

Había sido un sueño absurdo. Un sueño loco y sin sentido. ¿Quizás un efecto de atavismo? Una regresión a los días en que aún las gentes luchaban sin descanso, en los días de las guerras y odios y de la lucha por la supremacía.

Esto había sucedido antes de que el Consejo Solar, reuniéndose primero en uno de los planetas habitados y luego en otro, había conseguido poner orden por medio del arbitraje y luego se había llegado a la unión. Y ahora la guerra era una cosa del pasado. La parte habitable del Sistema Solar - Tierra, Venus, Marte y dos de las lunas de Júpiter - estaban todos bajo un solo Gobierno.

Pero en aquellos días sangrientos del pasado, las gentes habían sentido lo mismo que él había experimentado en aquel sueño atávico. Había sido en los días en que la Tierra - unida por el descubrimiento de los viajes interplanetarios - había conquistado a Marte, el único otro planeta ya ocupado por una raza inteligente, y desde allí había lanzado sus colonias de emigrantes a dondequiera que el Hombre podía poner el pie.

Algunas de esas colonias habían deseado la independencia y luego el predominio. Los siglos sangrientos, se llamaba ahora a aquella época.

Cuando se levantó de la cama para vestirse, vio algo que le confundió, sorprendiéndole. Sus ropas no estaban cuidadosamente colocadas en el respaldo de la silla al lado de la cama, como él las había dejado. En cambio estaban tiradas por el suelo, como si se hubiese desnudado rápida y descuidadamente en la oscuridad.

- ¡Por Júpiter! - pensó -. ¿Habré andado dormido esta noche? ¿Se habría realmente levantado de la cama y habría salido a la calle cuando soñó que lo había hecho? ¿Cuando aquellos susurros le habían dicho que lo hiciera?

«No puede ser - se dijo -. Yo no he andado dormido en mi vida y no lo he hecho ahora. Simplemente debo haber sido descuidado, cuando me desnudé la noche pasada. Estaba preocupado con el caso Deem. En realidad, no me acuerdo de haber puesto las ropas en aquella silla.»

De modo que vistió su uniforme rápidamente y se dirigió a su oficina. A la luz de la mañana le fue fácil completar aquellos informes. En el espacio marcado «Causa de la muerte» escribió: «El forense informa que fue debido a shock por una herida de arma radiónica».

Con esto salió del atolladero; él no había dicho que aquello fuese la causa de la muerte; simplemente que el médico decía que lo era.

Llamó a un mensajero y le entregó los informes con instrucciones de llevarlos al avión correo que saldría dentro de poco. Luego llamó a Barr Maxon.

- He terminado mi informe en el caso Deem - dijo -. Lo siento, pero aún no hemos encontrado la solución. Se ha preguntado a todos los vecinos. Hoy voy a interrogar a todos sus amigos.

El director Maxon movió la cabeza.

- Apresúrese, teniente - dijo -. Este caso debe ser resuelto. Un asesinato, en nuestros días, es algo suficientemente malo. Pero no se puede pensar en un crimen sin castigo. Animaría a cometer otros crímenes.

El teniente Caquer asintió sombríamente. Ya había pensado en ello. Había que pensar en las consecuencias sociales de un crimen, y aquello era también su trabajo. Un Teniente de Policía que dejase a nadie cometer un asesinato sin ser detenido, en su distrito, no tenía más remedio que dimitir.

Después que la imagen del Director había desaparecido del visífono, Caquer cogió la lista de los amigos de Deem, de un cajón de su escritorio, y empezó a estudiarla, principalmente pensando en decidir a quiénes iba a visitar primero.

Escribió un número «1» al lado del nombre de Perry Peters, por dos razones. La casa de Peters estaba sólo a unas cuantas puertas más arriba, y luego él conocía a Perry mejor que a ningún otro de la lista, con la posible excepción del profesor Jan Gordon. E iba a hacer aquella visita la última, porque más tarde sería fácil de encontrar a su hija Jane en casa.

Perry Peters estuvo contento de ver a Caquer y adivinó inmediatamente el motivo de su visita.

- Hola, Shylock.

- ¿Eh? - dijo Rod.

- Shylock, el gran detective. Se encuentra con un misterio por primera vez en su carrera de policía. ¿O ya lo has resuelto, Rod?

- Quieres decir Sherlock, estúpido: Sherlock Holmes. No, aún no lo he resuelto, si es que quieres saberlo. Mira, Perry, dime todo lo que sepas de Deem. ¿Lo conocías bastante bien, no es así?

Perry Peters se frotó la barba pensativo y se sentó en su banco de trabajo. Era tan alto y delgado que podía sentarse allí en vez de tener que saltar para ello.

- Willem era un poco extraño - dijo -. Desagradaba a mucha gente porque era sarcástico y tenía ideas absurdas en política. Yo, la verdad es que no estoy seguro que no tuviese razón la mitad de las veces, pero de todos modos me gustaba porque jugaba muy bien al ajedrez.

- ¿Esa era su única diversión?

- No. Le gustaba construir cosas, aparatos principalmente. Algunos de ellos eran muy buenos, aunque él los hacía como pasatiempo y nunca trató de patentarlos o de venderlos.

- ¿Quieres decir que inventaba aparatos, Perry? ¿Igual que haces tú?

- Bien, no eran tanto invenciones sino aparatos que aplicaban ideas ya conocidas. Pequeños instrumentos, la mayor parte, y Deem era mucho mejor en su trabajo de artesano que en ideas originales. Y, como ya te he dicho, era sólo un pasatiempo.

- ¿Nunca te ayudó en alguna de tus propias invenciones? - preguntó Caquer.

- Desde luego, en ocasiones. Sin embargo, no tanto en la idea, sino ayudándome a fabricar piezas difíciles. - Perry Peters describió un círculo con la mano que incluía todo el taller alrededor de él -. Mis herramientas están muy bien para trabajo basto, en comparación. Nada por debajo de milésimas de exactitud. Pero Willem tiene, tenía, un pequeño torno que es una maravilla. Corta cualquier cosa y preciso a un cincuentavo de milésima.

- ¿Qué enemigos tenía, Perry?

- Ninguno que yo sepa. De verdad, Caquer. A mucha gente no les gustaba, pero se trataba de una clase inofensiva de desagrado. Ya sabes lo que quiero decir, la clase de desagrado que puede hacer que vayan a otra tienda a comprar, pero no la clase que pueda hacerles desear el matarlo.

- ¿Y quién, si es que lo sabes, puede beneficiarse de su muerte?

- Hum... nadie, para así decirlo - dijo Peters, pensativo -. Su heredero es un sobrino que vive en Venus. Lo vi una vez y era un muchacho simpático. Pero la herencia no será nada que valga la pena. No valdrá más allá de unos cuantos miles de créditos.

- Aquí hay una lista de sus amigos, Perry - dijo Caquer mientras le entregaba un papel -¿Quieres mirarla y decirme si puedes añadir algún nombre? ¿O si puedes hacer alguna sugestión?

El inventor estudió la lista, y luego la devolvió.

- Me parece que los incluye a todos - le dijo a Caquer -. Hay un par de ellos que yo no sabía que lo conocieran lo bastante para merecer el estar en la lista. Y también tienes ahí sus mejores clientes, los que le hacían compras importantes.

El Teniente Caquer volvió a meterse la lista en el bolsillo.

- ¿En qué trabajas ahora? - preguntó a Peters.

- Algo que no puedo terminar, me temo - dijo el inventor -. Necesitaba la ayuda de Deem, o por lo menos el uso de su torno, para seguir adelante. - Cogió del banco de trabajo el par de anteojos más raro que Caquer había visto nunca. Los cristales tenían la forma de arcos de círculo, en vez de formar unos círculos completos y estaban sujetos en una banda de plástico flexible, sin duda diseñada para ajustarse apretadamente a la cara, alrededor de los cristales. En la parte central superior, donde quedaría contra la frente del que usase aquellas gafas, había una pequeña caja cilíndrica de unos cuatro centímetros de diámetro.

- ¿Y para qué sirve eso? - preguntó Caquer.

- Para usarlos en las minas de radita. Las emanaciones de ese mineral, mientras sigue en estado bruto, destruyen inmediatamente cualquier substancia transparente que se haya descubierto o fabricado hasta la fecha. Inclusive el cuarzo. Y también daña a los ojos descubiertos. Los mineros tienen que trabajar con los ojos vendados, como si dijéramos, guiándose solamente por el tacto.

- ¿Y cómo es que la forma de esos lentes va a impedir que las emanaciones les perjudiquen, Perry? - preguntó.

- Esa pieza en la parte superior es un pequeño motor. Hace funcionar un par de limpiacristales especialmente preparados. Son como un par de limpiaparabrisas antiguos. Y es por eso que los cristales tienen la misma forma del arco de los limpiacristales.

- ¿Quieres decir que los limpiacristales son absorbentes y que contienen alguna clase de líquido que protege los cristales?

- Sí, excepto que son hechos de cuarzo en vez de vidrio. Y solamente están protegidos una pequeña fracción de segundo. Los brazos del limpiacristales van a toda velocidad, tan rápidos que no se les puede ver cuando se usan las gafas. Los brazos tienen la mitad del tamaño de los cristales y el que los usa sólo puede ver una parte de los cristales a la vez.. Pero puede ver, aunque poco, y esto representa una mejora del mil por uno en la extracción de radita.

- Magnífico, Perry - dijo Caquer -. Y la visión puede mejorarse usando una iluminación superbrillante. ¿Ya los has probado?

- Sí y funcionan. El problema está en los brazos; la fricción los calienta y entonces se expanden, agarrotándose después de un minuto de funcionamiento, poco más o menos. Tengo que ajustarlos en el torno de Deem, u otro parecido. ¿Crees que podrías conseguir que yo lo pudiera usar? ¿Digamos por un día o dos?

- No veo ninguna dificultad - le dijo Caquer -. Hablaré a quienquiera que sea nombrado depositario por el Director, y ya te lo arreglaré. Más tarde es posible que puedas comprar el torno de los herederos. ¿O crees que al sobrino le interesarán estas cosas?

Perry Peters movió la cabeza.

- No creo, no distinguiría un torno de una máquina de taladrar. Te lo agradeceré, Rod, si puedes arreglar que yo pueda usar esa máquina.

Caquer ya había dado media vuelta para irse, cuando Perry Peters le detuvo.

- Espera un minuto - dijo Peters y luego se detuvo, indeciso -. Creo que me reservaba algo, Rod - dijo el inventor al fin -. Conozco una cosa sobre Willem que es posible que tenga algo que ver con su muerte, aunque yo mismo no sé cómo. No lo contaría a no ser que ahora ya esté muerto, de manera que no puede causarle ninguna clase de dificultades.

- ¿Qué es, Perry?

- Libros políticos prohibidos. Se ganaba algún dinero vendiéndolos. Libros en la Lista, ya sabes lo que quiero decir.

Caquer silbó suavemente.

- No sabía que los seguían haciendo. Después que el Consejo lo castiga con penas tan duras, caramba.

- La gente sigue siendo humana, Rod. Siente curiosidad por saber lo que no debiera, sólo por saber por qué no deben conocerlo, si es que no tienen otras razones.

- ¿Libros de la Lista Gris o Negra, Perry?

Ahora fue el inventor quien se mostró sorprendido.

- No te comprendo. ¿Qué diferencia hay?

- Los libros de la Lista Prohibida Oficial están divididos en dos grupos. Los realmente peligrosos están en la Lista Negra. Existen severas penas al que se le encuentre uno y la pena de muerte para el que lo escriba o imprima. Los menos peligrosos están en la Lista Gris, como la llaman.

- Yo no sé cuáles eran los que vendía Deem. Bien, en confianza, una vez leí un par que Deem me prestó y recuerdo que pensé que era algo bastante aburrido. Teorías políticas subversivas.

- Esos serían de la Lista Gris. - El Teniente Caquer parecía aliviado - Toda la parte teórica está en la Gris. Los libros de la Lista Negra son los que contienen información práctica peligrosa.

- ¿Tales cómo? - el inventor contempló fijamente a Caquer.

- Instrucciones y fórmulas para fabricar productos prohibidos - explicó Caquer -. Como la Lethite, por ejemplo. Lethite es un gas venenoso, enormemente mortífero. Con un par de kilos de él se puede destruir una ciudad, de modo que el Consejo prohibió su fabricación y cualquier libro que explicase cómo podía fabricarse fue incluido en la Lista Negra. Algún loco podría conseguir un libro de esos y destruir su propia ciudad.

- ¿Pero quién va a ser, que haga una cosa así?

- Puede estar enfermo mentalmente o sentir odio por algo - dijo Caquer -. O podría usarlo en pequeña escala para algún intento criminal. O, ¡por Júpiter!, podría ser el jefe de algún Gobierno local que quisiera apoderarse de otro Estado vecino. El conocimiento de una cosa así podría quebrantar la paz en todo el Sistema Solar.

Perry Peters asintió pensativamente.

- Comprendo lo que quieres decir - dijo al fin -. Bien, sigo sin ver que ello tenga nada que ver con la muerte de Deem, pero creí que sería mejor decirte este aspecto de su vida. Probablemente querrás hacer una comprobación de los libros que pueda tener, antes de que el depositario abra de nuevo el local.

- Desde luego - dijo Caquer -. Y muchas gracias, Perry. Si me lo permites, usaré tu visífono para que empiecen ese registro inmediatamente. Si es que hay algún libro de la Lista Negra, nos haremos cargo de ellos en seguida.

Cuando pudo conseguir comunicación con su secretaria, ella parecía a la vez asustada y aliviada al verlo.

- Mr. Caquer - dijo -. He estado tratando de encontrarle. Algo horrible ha sucedido. Otra muerte.

- ¿Otro asesinato? - dijo Caquer, aturdido.

- Nadie sabe lo que ha sido - dijo la secretaria -. Una docena de personas lo han visto saltar de una ventana que estaba solamente a unos diez metros de altura. Y en esta gravedad, eso no podría haberle matado, pero ya estaba muerto cuando llegaron a su lado. Y cuatro de los que le vieron, le conocían. Dicen que era...

- Siga, Por Dios, ¿quién era?

- Yo no... Teniente Caquer, ellos dicen, los cuatro a la vez, que era Willem Deem.

Con una sensación de irrealidad, como si se encontrase en una pesadilla, el Teniente Rod Caquer miró por encima del hombro del médico forense al cuerpo que yacía en la camilla, mientras los sanitarios los rodeaban impacientes.

- Apresúrese, Doctor - dijo uno de ellos -. El cuerpo no aguantará mucho más y necesitaremos cinco minutos para llegar al crematorio.

El Dr. Skidder asintió irritado sin alzar la vista y siguió con su examen.

- No hay ni una señal, Rod - dijo -. Ni rastro de veneno. Ni rastro de nada. Simplemente, se ha muerto.

- ¿Podía ser a causa de la caída?

- No hay ni un arañazo de la caída. El único diagnóstico que puedo dar es que le ha fallado el corazón. Bien, muchachos, ya se lo pueden llevar.

- ¿Usted también ha terminado, Teniente?

- Sí - dijo Caquer -. Adelante, Skidder, ¿cuál de los dos era Deem?

Los ojos del Doctor siguieron el cuerpo tapado por una sábana blanca que se llevaban los enfermeros, y se encogió de hombros.

- Teniente, ése es su problema - dijo -. Todo lo que puedo hacer es certificar la causa de la muerte.

- Sin embargo, no es lógico - gimió Caquer -. La ciudad del Sector Tres no es tan grande que pueda existir un doble de Deem sin que la gente lo sepa. Pero uno de ellos tenía un doble. En confianza, ¿cuál le pareció que era el original?

El Doctor Skidder sacudió la cabeza sombríamente.

- Willem Deem tenía una verruga de forma rara en la nariz - dijo -. Los dos cadáveres la tenían, Rod. Y ninguna de las dos era artificial. Puedo apostar mi reputación profesional sobre este punto. Pero venga a la oficina conmigo y le diré cuál de los dos era Willem Deem.

- ¿Sí? ¿Cómo?

- Tenemos sus huellas dactilares en el Departamento, igual que las de todos nosotros. Y siempre se toman las huellas dactilares a un cadáver en Callisto, ya que el cuerpo tiene que destruirse tan rápidamente.

- ¿Ha tomado las huellas de los dos cadáveres? - preguntó Caquer.

- Desde luego. Las tomé antes de que usted llegase, en ambos casos. Tengo las que corresponden a Willem, quiero decir al otro cadáver, en mi despacho. Le diré lo que podemos hacer; vaya a buscar la ficha archivada en el Departamento y nos encontraremos en mi oficina.

Caquer suspiró aliviado mientras asentía. Por lo menos ahora se aclararía una cuestión: a quién pertenecían los cadáveres.

Y permaneció en aquel estado, comparativamente de satisfacción, hasta media hora después en que se reunió con el Dr. Skidder y compararon las tres fichas, la que Rod había retirado del Departamento y las pertenecientes a cada uno de los cuerpos.

Las tres eran idénticas.

- Hum - dijo Caquer -. ¿Está seguro que no se ha equivocado con esas impresiones?

- ¿Cómo puedo haberme equivocado? - dijo el Doctor Skidder -. Sólo he tomado un solo juego de cada cuerpo, Rod. Y si ahora las hubiese mezclado mientras las estamos comparando, el resultado sería el mismo. Las tres impresiones son iguales.

- Pero no lo pueden ser.

Skidder se encogió de hombros.

- Creo que tendríamos que poner el caso en manos del Director cuanto antes - dijo Rod -. Lo voy a llamar y arreglaré una entrevista. ¿Conforme?

Media hora más tarde, Caquer explicó toda la historia al Director Barr Maxon, con el Dr. Skidder a su lado confirmando los puntos más importantes. La expresión del rostro del Director Maxon hizo que Rod se sintiera satisfecho, muy satisfecho, de poder contar con la confirmación del Doctor Skidder.

- ¿Están de acuerdo, pues - preguntó Maxon - que este caso debe ser puesto en conocimiento del Coordinador de Sectores y que debe pedirse que envíe un investigador especial, para hacerse cargo del mismo?

Un poco tristemente, Caquer asintió.

- Me duele admitir que soy incompetente, Director, o que parezco serlo - dijo -. Pero éste no es un crimen ordinario. Lo que está sucediendo es superior a mis fuerzas. Y puede haber algo aún más siniestro que un asesinato detrás de todo ello.

- Tiene razón, Teniente. Tomaré las medidas necesarias para que la persona indicada salga hoy mismo del Sector Centro y se ponga en contacto con usted.

- Director - preguntó Caquer -, ¿puede decirme si se ha inventado alguna vez una máquina o proceso que permita reproducir un cuerpo humano, incluyendo la mente o sin ella?

Maxon pareció sorprendido por la pregunta.

- ¿Cree que Deem pueda haber estado trabajando en algo que se volvió contra él? Desde luego, que yo sepa nunca se ha llegado a un descubrimiento como ése. Nadie ha podido nunca duplicar, excepto por imitación, ni siquiera un objeto inanimado. ¿Usted no habrá oído hablar de tal cosa, Skidder?

- ¡No - dijo el médico forense -. Ni siquiera su amigo Perry Peters podría hacer una cosa así, Rod.

Desde la oficina del Director Maxon, Caquer se dirigió a la tienda de Deem. Brager estaba allí de guardia y lo ayudó a registrar el lugar minuciosamente. Fue una tarea larga y laboriosa, porque cada libro y cada película tenían que ser examinados completamente.

Los que imprimían libros ilegales, y Rod lo sabía, eran muy listos en disimular sus productos. Generalmente, los libros prohibidos llevaban las cubiertas y el título, a veces hasta los primeros capítulos, de alguna novela popular y los rollos de film estaban disimulados igualmente.

Estaba anocheciendo cuando terminaron, pero Rod Caquer sabía que habían hecho un examen concienzudo. No existía ningún libro prohibido en aquella tienda y todas las películas habían sido pasadas por el proyector.

Otros hombres, a las órdenes de Rod, habían registrado el departamento de Deem con igual cuidado. Llamó allí y recibió su informe, completamente negativo.

- No hay ni un folleto Venusiano - dijo el policía encargado del registro en el departamento, con lo que a Rod le pareció un tono de sentimiento.

- ¿Han encontrado un torno, uno pequeño para trabajos de precisión?

- No, no hemos visto nada parecido. Una de las habitaciones ha sido convertida en un taller, pero no hay ningún torno. ¿Es eso importante?

Caquer dijo que no. ¿Qué significaba otro misterio, además pequeño, en un caso como aquél?

- Bien, Teniente - dijo Brager, cuando la pantalla se hubo oscurecido -. ¿Qué hacemos ahora?

Caquer suspiró.

- Usted puede marcharse a casa, Brager - dijo -. Pero primero pase por el Departamento y dígales que envíen un hombre para que se quede de guardia aquí y otro en el departamento. Yo me esperaré hasta que llegue el relevo.

Cuando Brager se hubo marchado, Caquer se dejó caer, cansado, en la silla más cercana. Se sentía físicamente agotado y su cerebro parecía haber dejado de funcionar. Dejó que sus ojos se dirigieran a las ordenadas estanterías y su cuidadoso arreglo le molestó.

Si solamente tuviese una pista, de la clase que fuese... Wilder Williams nunca se había encontrado en un caso como aquél en el que las únicas pistas eran dos cadáveres idénticos, uno de los cuales había sido muerto de cinco maneras diferentes y el otro no tenía ninguna señal de violencia. Aquello no tenía explicación, y ¿por dónde iba él a empezar?

Bien, aún tenía la lista de las personas que quería visitar y aún le quedaba tiempo de ver por lo menos a una de ellas, esta tarde.

¿Debía ir a ver a Perry Peters, para ver qué explicación podía darle de la desaparición del torno? Quizá podría darle alguna idea de lo que había pasado con aquella máquina. Pero, entonces, ¿qué es lo que tendría que ver el torno en aquel caso? Uno no puede fabricar un cadáver en un torno.

Quizá sería mejor que fuese a ver al Dr. Gordon.

Llamó al departamento de los Gordon por el visífono y Jane apareció en la pantalla.

- ¿Cómo está tu padre, Jane? - dijo Caquer -. ¿Puedes decirme si podrá hablar conmigo esta noche?

- Oh, sí - dijo la muchacha -. Se siente mucho mejor y quiere regresar a sus clases mañana. Pero ven cuanto antes si es que vas a venir. Rod, pareces enfermo, ¿qué es lo que te pasa?

- Nada, excepto que me siento atontado. Pero creo que estoy normal.

- Estás demacrado. ¿Cuándo has comido la última vez?

Los ojos de Caquer se abrieron.

- ¡Dios mío! Se me ha olvidado todo lo que se refiere a la comida. He dormido hasta tarde y ni siquiera he desayunado.

Jane Gordon se rió.

- ¡Pobrecillo! Bien, ven pronto y tendré algo preparado cuando llegues.

- Pero...

- Pero nada. No discutas. ¿Cuándo llegarás?

Un minuto después de haber cerrado el visífono, el Teniente Caquer se levantó para contestar a una llamada, que había sonado en la puerta cerrada de la tienda.

La abrió

- Hola, Reese - dijo -. ¿Le envía Brager?

El policía asintió.

- Me dijo que debía estar aquí, por si acaso. ¿De qué?

- Vigilancia de rutina, eso es todo - explicó Caquer -. Dígame, he estado aquí encerrado toda la tarde. ¿Hay algo de nuevo?

- Un poco de excitación. Hemos estado arrestando agitadores en la calle todo el día. Pocos. Hay una epidemia de ellos.

- ¡Caramba! ¿Y qué es lo que quieren?

- Atacar al Sector Dos, por alguna razón que no acaba de ser clara. Están incitando al público a enfurecerse contra el Sector Dos y a eliminarlo. Las razones que dan son completamente absurdas.

Algo se agitó inquieto en la memoria de Rod Caquer, aunque no pudo localizar lo que era. ¿El Sector Dos? ¿Quién le había estado contando cosas del Sector Dos? Algo sobre usura, juego poco limpio, sangre marciana, cosas absurdas. Aunque era cierto que muchas de las gentes que vivían allí tenían sangre marciana...

- ¿Cuántos agitadores han sido arrestados?

- Tenemos a siete, dos más se nos escaparon, pero los agarraremos si empiezan otra vez.

El Teniente Caquer fue caminando, pensativo, hacia el departamento de los Gordon, haciendo esfuerzos para recordar dónde había oído, recientemente, propaganda contra el Sector Dos. Tenía que existir alguna razón común para la aparición simultánea de nueve agitadores en público, todos predicando la misma doctrina.

¿Una organización política subversiva? No había existido ninguna parecida durante el último siglo. Bajo un Gobierno perfectamente democrático, pieza esencial de una organización estable de todos los planetas habitados, podía encontrarse algún iluso que no estaba satisfecho, pero Rod no podía imaginarse ningún grupo organizado en aquella situación.

Parecía tan absurdo como el caso de Willem Deem. Aquello tampoco era lógico. Las cosas sucedían sin significado, como en una pesadilla. ¿Pesadilla? ¿Qué era lo que trataba de recordar sobre una pesadilla? ¿No había tenido él una clase rara de sueño la noche pasada? ¿Qué fue?

Pero, corno hacen siempre las pesadillas, ésta eludió su mente consciente.

De todos modos, mañana interrogaría, o ayudaría a interrogar, a esos agitadores que estaban arrestados. Pondría detectives a investigar sus historias y costumbres y no le cabía duda que podría encontrar un común denominador en alguna parte, que explicara su repentina actividad.

No podía ser por accidente que todos ellos empezaran en el mismo día. Era absurdo, tan absurdo como los inexplicables cadáveres del propietario de la tienda de libros y films. Quizá porque los dos casos eran absurdos, su mente tendía a unir los dos hechos. Pero juntos, los dos no eran más lógicos que separados. Inclusive tenían menos explicación.

¿Por qué no habría aceptado aquel puesto que le ofrecieron en Ganímedes? Ganímedes era una luna agradable y bien organizada. No había nadie allí capaz de ser asesinado dos veces en días consecutivos. Pero Jane Gordon no vivía en Ganímedes; vivía en el Sector Tres y él se dirigía ahora a verla.

Todo hubiese sido maravilloso, excepto que él se sentía tan cansado que no podía pensar a derechas, y que Jane Gordon insistía en considerarlo como un hermano en vez de como un pretendiente y que probablemente iba a perder su empleo. Sería el hazmerreír de todo Callisto, si el investigador especial enviado del Sector Centro encontraba alguna sencilla explicación para todo lo que estaba pasando, que a él se le había escapado...

Jane Gordon, que le pareció más hermosa de lo que nunca había visto, lo recibió en la puerta. Estaba sonriendo, pero la sonrisa se cambió en una mirada de preocupación cuando él entró en la habitación brillantemente iluminada.

- ¡Rod! - exclamó -. Pareces enfermo, realmente enfermo. ¿Qué es lo que has hecho además de olvidarte de comer?

Rod Caquer consiguió sonreír.

- He estado corriendo en círculos dentro de callejones sin salida, Jane. ¿Puedo usar tu visífono?

- Desde luego. Tengo algo de comida preparada para ti. Pondré la mesa mientras llamas. Papá está durmiendo. Me dijo que lo despertase cuando llegase, pero esperaré hasta que hayas comido.

Mientras ella se dirigía a la cocina, Caquer se dejó caer en la silla situada enfrente del visífono y llamó al Departamento de Policía. La roja cara de Borgesen, Teniente del turno de noche, apareció en la pantalla.

- Hola, Borg - dijo Caquer -. Oye, con respecto a esos siete oradores que has arrestado ¿has hecho que...?

- Son nueve - interrumpió Borgesen - Tenemos a los otros dos y quisiera que no estuviesen aquí. Nos van a volver locos.

- ¿Quieres decir que los otros trataron de hablar en público de nuevo? - preguntó Caquer.

- No. Entraron en el Departamento y se entregaron, y no podemos echarlos a la calle, porque hay una denuncia contra ellos. Pero están confesando a todos los que los quieren oír. ¿Y quieres saber lo que confiesan?

- Me rindo - dijo Rod.

- Que tú los has alquilado, y que les has ofrecido cien créditos a cada uno de ellos.

- ¿Cómo?

Borgesen rió, un poco más fuerte de lo necesario.

- Los dos que se entregaron voluntariamente dicen eso y los otros siete. Dios mío, ¿por qué me habré hecho policía? Una vez tuve la oportunidad de estudiar para maquinista de naves interplanetarias y tengo que terminar haciendo esto.

- Mira, quizá lo mejor será que me llegue a la oficina y veamos si son capaces de mantener su acusación en mi cara.

- Probablemente lo harán, pero eso no quiere decir nada, Rod. Dicen que los ha alquilado esta tarde y nosotros sabemos que estabas en la tienda de Deem con Brager. Rod, esta luna se ha vuelto loca y yo también. Walter Johnson ha desaparecido. No se le ha visto desde esta mañana.

- ¿Cómo? ¿El secretario confidencial del Director? Estás bromeando, Borg - dijo Caquer.

- Quisiera que fuese una broma. Tendrías que estar contento de no tener que hacer guardia en el Departamento. Maxon nos ha estado dando siete clases distintas de tormento para que encontremos a su secretario. Y tampoco le gusta el asunto de Deem. Parece que nos echa la culpa de que dejemos que asesinen a un hombre dos veces. Dime, ¿cuál de los dos era Deem, Rod? ¿Tienes alguna idea?

Caquer sonrió débilmente.

- Vamos a llamarles Deem y Deem 2 hasta que lo sepamos - sugirió -. Creo que los dos eran Deem.

- ¿Pero cómo puede un hombre ser dos?

- ¿Cómo puede matarse a un hombre de cinco modos a la vez? - contestó Caquer -. Cuando me contestes eso, te explicaré tu pregunta.

- Estás loco - dijo Borgesen y continuó con una observación algo grotesca -. Creo que hay algo raro en este caso.

Caquer estaba riendo tan fuertemente que había lágrimas en sus ojos, cuando Jane Gordon entró para decirle que la mesa estaba dispuesta. Ella lo miró con asombro, pero había preocupación detrás del asombro.

Caquer la siguió sin protestar y descubrió que estaba hambriento. Cuando hubo comido bastantes alimentos para preparar tres comidas corrientes, volvió a sentirse humano. Su dolor de cabeza aún persistía, pero ya era algo que palpitaba débilmente en la distancia.

El Profesor Gordon estaba esperando en el salón cuando entraron allí procedentes de la cocina.

- Rod, te pareces a algo que haya sido arrastrado por el gato - dijo -. Siéntate antes de que te caigas.

Caquer sonrió.

- Eso es porque he comido demasiado. Jane es una magnífica cocinera.

Se dejó caer en una silla enfrente de Gordon. Jane Gordon se había acomodado en el brazo de la silla de su padre, y los ojos de Caquer se recrearon contemplándola. ¿Cómo era posible que una muchacha con los labios tan suaves y apetecibles como los suyos pudiera insistir en considerar al matrimonio como algo puramente académico? ¿Cómo era posible que...?

- No puedo ver en este momento que ello pueda ser una causa de su muerte, Rod, pero Willem Deem alquilaba libros políticos - dijo Gordon -. No hago ningún daño en decirlo ahora, ya que el pobre hombre está muerto.

Casi las mismas palabras, recordó Caquer, que Per

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