BREVE HISTORIA DE LOS SAMURAIS
Carol Gaskin -Vince Hawkins
indice
Carol Gaskin -Vince Hawkins
indice
I. El primer samurai
II. El enfrentamiento entre los señores de la guerra
III. El cénit de los samurais
IV Historias del ronin
V. La vida diaria de un samurai
VI. Las costumbres del guerrero
VIL El arma secreta de los samurais: los ninjas
VIII. El estudio de las artes
marciales
IX. El legado samurai
La cuarta batalla de Kawanakajima
La batalla de Nagashino
Una vuelta a los usos de antaño
Emperadores, regentes y sogunes de Japón
Glosario
I
El primer samurai
E l campo estaba iluminado por antorchas que producían
una luz fantasmal. Calmados, aunque alertas, los hombres
esperaban que llegase el amanecer. Estaban preparados
para la guerra, vestidos con los colores de la familia,
envueltos por su armadura de metal atada con cordones
de tonos brillantes y portando las armas al cinto. Sus estandartes
ondeaban al viento, adornados con el emblema de
su señor y líder. Los caballos permanecían quietos.
De repente, al despuntar el día, éstos cobraron vida. Los
hombres se pusieron enseguida en movimiento. Y su líder,
que lucía una magnífica armadura y sedas estampadas, se puso
en pie. Su rostro quedaba escondido por una máscara de hierro
que infundía terror y su casco llevaba los cuernos dorados
de una luna creciente. Por un instante estuvo tan quieto como
una estatua, escuchando y escudriñando el horizonte. Husmeó
el aire y dirigió su mirada a los caballos. Entonces el
gran señor de la guerra dejó salir un fiero grito de batalla.
Los hombres se apresuraron para colocarse en sus posiciones.
A medida que el sol naciente bañaba el campo con un
brillo levemente anaranjado, el enemigo se hizo visible de
manera repentina: cientos de arqueros a caballo, gritando
temibles gritos de guerra.
Los jinetes se encontraron cara a cara dispuestos en
dos líneas de batalla que prorrumpían en un ruido atronador.
Enseguida el aire sobre el campo de batalla estuvo
cubierto de haces de flechas sibilantes. Heridos, los caballos
caían al suelo, relinchando de dolor. Algunos guerreros
intentaban extraer las flechas de sus miembros para continuar
luchando hasta donde las fuerzas les permitiesen.
De repente, el campo de batalla enmudeció mientras
una figura solitaria se adelantaba galopando. Su armadura
llevaba la insignia del enemigo y su casco estaba decorado
con grandes cuernos. Cabalgaba mientras gritaba su nombre
y los nombres de su familia. «Ni mil hombres podrían
conmigo. ¿Hay alguien que ose luchar contra mí?».
Respondiendo al desafío, el señor de la guerra adelantó
su caballo. Los cuernos de su casco brillaban como el
fuego en la mañana recién estrenada. «Mis antepasados
valen cada uno diez mil hombres. ¡Nuestro honor es célebre
a lo largo y ancho de toda esta tierra!».
Los dos guerreros cargaron el uno contra el otro a
galope tendido, intentando que el adversario fuera el primero
en retroceder. Ninguno de ellos podía permitir que
lo llamaran cobarde. Llevados por el frenesí del momento
sus caballos colisionaron violentamente y los combatientes
cayeron al suelo.
En un instante, sacaron las espadas. El bruñido metal
cortó el aire mientras los hombres se acechaban el uno al
otro en una danza mortal. El roce de las afiladas hojas se
convertía en chispas. Al ver una posible entrada, el retador
lanzó su espada al cuello de su contrincante. Éste se
hizo rápidamente a un lado. «¡Eeeeiiiü!» gritó, blandiendo
su espada delante de él. Lentamente, el guerrero del
casco con cuernos se derrumbó cayendo al suelo herido
de muerte. Agachándose sobre su enemigo, el guerrero
de la luna creciente asestó un golpe final con su espada y
con un grito de triunfo mostró a todos la cabeza de su
enemigo.
Animados por la victoria, los hombres del jefe guerrero
se lanzaron al ataque y sus enemigos se batieron rápidamente
en retirada. La batalla había terminado. Los soldados
estaban satisfechos. El general enemigo había sido un
digno contrincante y había tenido una muerte honorable.
¿Pero quiénes eran estos fieros espadachines? ¿Según qué
extrañas reglas luchaban?
Los guerreros eran samurais, soldados profesionales
que servían a los señores de la guerra rivales de Japón. Las
historias de los samurais y de su famoso código de honor
han fascinado a generaciones.
Pero los primeros samurais no eran conocidos por su
destreza con la espada. Su camino era conocido como El
camino del arco y del caballo.
II. El enfrentamiento entre los señores de la guerra
III. El cénit de los samurais
IV Historias del ronin
V. La vida diaria de un samurai
VI. Las costumbres del guerrero
VIL El arma secreta de los samurais: los ninjas
VIII. El estudio de las artes
marciales
IX. El legado samurai
La cuarta batalla de Kawanakajima
La batalla de Nagashino
Una vuelta a los usos de antaño
Emperadores, regentes y sogunes de Japón
Glosario
I
El primer samurai
E l campo estaba iluminado por antorchas que producían
una luz fantasmal. Calmados, aunque alertas, los hombres
esperaban que llegase el amanecer. Estaban preparados
para la guerra, vestidos con los colores de la familia,
envueltos por su armadura de metal atada con cordones
de tonos brillantes y portando las armas al cinto. Sus estandartes
ondeaban al viento, adornados con el emblema de
su señor y líder. Los caballos permanecían quietos.
De repente, al despuntar el día, éstos cobraron vida. Los
hombres se pusieron enseguida en movimiento. Y su líder,
que lucía una magnífica armadura y sedas estampadas, se puso
en pie. Su rostro quedaba escondido por una máscara de hierro
que infundía terror y su casco llevaba los cuernos dorados
de una luna creciente. Por un instante estuvo tan quieto como
una estatua, escuchando y escudriñando el horizonte. Husmeó
el aire y dirigió su mirada a los caballos. Entonces el
gran señor de la guerra dejó salir un fiero grito de batalla.
Los hombres se apresuraron para colocarse en sus posiciones.
A medida que el sol naciente bañaba el campo con un
brillo levemente anaranjado, el enemigo se hizo visible de
manera repentina: cientos de arqueros a caballo, gritando
temibles gritos de guerra.
Los jinetes se encontraron cara a cara dispuestos en
dos líneas de batalla que prorrumpían en un ruido atronador.
Enseguida el aire sobre el campo de batalla estuvo
cubierto de haces de flechas sibilantes. Heridos, los caballos
caían al suelo, relinchando de dolor. Algunos guerreros
intentaban extraer las flechas de sus miembros para continuar
luchando hasta donde las fuerzas les permitiesen.
De repente, el campo de batalla enmudeció mientras
una figura solitaria se adelantaba galopando. Su armadura
llevaba la insignia del enemigo y su casco estaba decorado
con grandes cuernos. Cabalgaba mientras gritaba su nombre
y los nombres de su familia. «Ni mil hombres podrían
conmigo. ¿Hay alguien que ose luchar contra mí?».
Respondiendo al desafío, el señor de la guerra adelantó
su caballo. Los cuernos de su casco brillaban como el
fuego en la mañana recién estrenada. «Mis antepasados
valen cada uno diez mil hombres. ¡Nuestro honor es célebre
a lo largo y ancho de toda esta tierra!».
Los dos guerreros cargaron el uno contra el otro a
galope tendido, intentando que el adversario fuera el primero
en retroceder. Ninguno de ellos podía permitir que
lo llamaran cobarde. Llevados por el frenesí del momento
sus caballos colisionaron violentamente y los combatientes
cayeron al suelo.
En un instante, sacaron las espadas. El bruñido metal
cortó el aire mientras los hombres se acechaban el uno al
otro en una danza mortal. El roce de las afiladas hojas se
convertía en chispas. Al ver una posible entrada, el retador
lanzó su espada al cuello de su contrincante. Éste se
hizo rápidamente a un lado. «¡Eeeeiiiü!» gritó, blandiendo
su espada delante de él. Lentamente, el guerrero del
casco con cuernos se derrumbó cayendo al suelo herido
de muerte. Agachándose sobre su enemigo, el guerrero
de la luna creciente asestó un golpe final con su espada y
con un grito de triunfo mostró a todos la cabeza de su
enemigo.
Animados por la victoria, los hombres del jefe guerrero
se lanzaron al ataque y sus enemigos se batieron rápidamente
en retirada. La batalla había terminado. Los soldados
estaban satisfechos. El general enemigo había sido un
digno contrincante y había tenido una muerte honorable.
¿Pero quiénes eran estos fieros espadachines? ¿Según qué
extrañas reglas luchaban?
Los guerreros eran samurais, soldados profesionales
que servían a los señores de la guerra rivales de Japón. Las
historias de los samurais y de su famoso código de honor
han fascinado a generaciones.
Pero los primeros samurais no eran conocidos por su
destreza con la espada. Su camino era conocido como El
camino del arco y del caballo.
EL CAMINO DEL ARCO Y DEL CABALLO
Japón es un grupo de hermosas islas llenas de montañas
en el océano Pacífico, en la costa este de Asia. Está separada
de Rusia, China y Corea por el Mar del Japón.
En tiempos remotos, Japón era gobernado por un
emperador y su corte. El emperador era tratado como un
dios y se creía que descendía de la diosa sol, Amateratsu.
Por debajo del emperador estaban los nobles y por debajo
de los nobles había muchas categorías de samurais. Más
abajo estaban los campesinos que trabajaban las tierras de
los nobles. En aquellos tiempos, cualquiera podía ascender
para convertirse en un samurai. Pero en el Japón posterior
sólo aquellos que hubieran nacido de padres
samurais podían ostentar el rango de samurai.
La palabra samurai significa «servir». Originalmente,
los samurais eran soldados que servían a la corte imperial
y eran absolutamente leales al emperador. Pero también
protegían a las familias de los nobles.
Desde los tiempos más remotos, el arroz ha sido el producto
más importante de la isla. Aquél que poseyera los
campos de arroz controlaba la riqueza del país. Hacia el
siglo XII, muchos hombres poderosos poseían tierras y
castillos lejos del palacio del emperador en Kyoto. Para protegerse
de las bandas de ladrones, y de ellos mismos, los
nobles empezaron a tener sus propios ejércitos de samurais.
Las armas preferidas eran el arco y la flecha y la lanza.
El guerrero samurai seguía un código de honor llamado
bushido, «el Camino del Guerrero» y prometía lealtad
completa a su señor. Un samurai que se distinguiese en la
batalla podía recibir un lote de tierras como recompensa.
Con el apoyo de sus ejércitos samurais, los nobles
ganaban el control de vastos territorios. Estas nobles familias
comenzaron a aliarse para formar clanes que acabarían
siendo más poderosos que el mismo emperador. Los
clanes, con frecuencia, mantenían disputas entre ellos.
Finalmente, estalló la guerra civil entre los dos clanes
más poderosos: el Minamoto o Genji, y el Taira o Heike.
Y Japón entró en la Edad de la Espada. >.
en el océano Pacífico, en la costa este de Asia. Está separada
de Rusia, China y Corea por el Mar del Japón.
En tiempos remotos, Japón era gobernado por un
emperador y su corte. El emperador era tratado como un
dios y se creía que descendía de la diosa sol, Amateratsu.
Por debajo del emperador estaban los nobles y por debajo
de los nobles había muchas categorías de samurais. Más
abajo estaban los campesinos que trabajaban las tierras de
los nobles. En aquellos tiempos, cualquiera podía ascender
para convertirse en un samurai. Pero en el Japón posterior
sólo aquellos que hubieran nacido de padres
samurais podían ostentar el rango de samurai.
La palabra samurai significa «servir». Originalmente,
los samurais eran soldados que servían a la corte imperial
y eran absolutamente leales al emperador. Pero también
protegían a las familias de los nobles.
Desde los tiempos más remotos, el arroz ha sido el producto
más importante de la isla. Aquél que poseyera los
campos de arroz controlaba la riqueza del país. Hacia el
siglo XII, muchos hombres poderosos poseían tierras y
castillos lejos del palacio del emperador en Kyoto. Para protegerse
de las bandas de ladrones, y de ellos mismos, los
nobles empezaron a tener sus propios ejércitos de samurais.
Las armas preferidas eran el arco y la flecha y la lanza.
El guerrero samurai seguía un código de honor llamado
bushido, «el Camino del Guerrero» y prometía lealtad
completa a su señor. Un samurai que se distinguiese en la
batalla podía recibir un lote de tierras como recompensa.
Con el apoyo de sus ejércitos samurais, los nobles
ganaban el control de vastos territorios. Estas nobles familias
comenzaron a aliarse para formar clanes que acabarían
siendo más poderosos que el mismo emperador. Los
clanes, con frecuencia, mantenían disputas entre ellos.
Finalmente, estalló la guerra civil entre los dos clanes
más poderosos: el Minamoto o Genji, y el Taira o Heike.
Y Japón entró en la Edad de la Espada. >.
EL MAYOR TESORO DEL SAMURAI: LA ESPADA
En las antiguas historias sobre el nacimiento de nuestro
mundo, la primera espada siempre mencionada es un acero
japonés llamado la espada sagrada. Esta poderosa arma
fue forjada en la cola de una gigantesca serpiente de ocho
cabezas, cuya parte inferior estaba escondida por nubes
de humo negro.
La serpiente, que era tan alta como ocho montañas,
gustaba de comer jóvenes doncellas. De manera que el
héroe Susano-o, hijo del dios del fuego, se decidió a matar
al monstruo. Engañó a la serpiente para emborracharla
con sake, un vino de arroz muy fuerte. Una vez ebria la
serpiente se quedó dormida y Susano-o la cortó en pedazos.
Pero cuando llegó a la cola, la espada de Susano-o
golpeó algo muy duro y se rompió en dos. Tanteando con
sus manos en el interior de las oscuras nubes, descubrió
la espada sagrada. Según la leyenda, la espada era uno de
los tres tesoros que fueron entregados por los dioses al
primer emperador de Japón para constituir las insignias
reales o las joyas de la corona. (Un espejo de hierro y un
collar fueron los otros dos). Así que la espada, un símbolo
del poder divino del emperador, ha sido venerada por
los japoneses desde los tiempos antiguos.
Tokugawa Ieyasu (1542-1616), uno de los jefes samurais
más importantes, llamó a la espada «el alma del
samurai». En la época de Ieyasu sólo al samurai le estaba
permitido llevar dos espadas. La más larga, la katana, era
el arma principal en la batalla. La espada corta, la wakizashi,
se usaba también en combate y, de ser preciso, en el suicidio
ritual.
Para el orgulloso samurai, no había posesión más preciada
que su espada. Se colocaba una espada en la habitación
del samurai el mismo día de su nacimiento y también
se depositaba una espada en su lecho de muerte al morir.
A lo largo de su vida, el samurai acostumbraba a dormir
con su espada cerca de su almohada y la llevaba consigo
dondequiera que fuese.
Las espadas eran siempre tratadas con respeto. Cuando
se visitaba a otro guerrero, el samurai podía colocar
su katana en un armero especial cerca de la puerta o bien
se le permitía a un criado llevársela sobre un paño de
seda, pero siempre se quedaba con el wakizashi en su
cinto.
Las espadas de los samurais pasaban de generación en
generación. Cualquier falta de respeto a la espada de un
samurai era vista como un insulto hacia toda su familia.
Se consideraba una grave ofensa tocar de cualquier forma
la espada de otro sin su permiso, una afrenta que podía
resultar en un cruento duelo. Por este motivo, los samurais
tenían que tener cuidado para no rozarse entre sí al andar
por la calle por ejemplo.
Los samurais también creían que las mejores hojas de
los mejores fabricantes de espadas tenían poderes espirituales
en sí mismas. Las espadas que habían sido usadas
en combate eran especialmente apreciadas. Pero los
samurais adinerados también buscaban nuevas espadas de
espaderos famosos.
Aquellos que hacían las espadas eran reverenciados
como artistas y hombres santos, y el taller de un forjador
de espadas era considerado como un templo, donde se
realizaba un trabajo sagrado. Un cartel típico a las afueras
de un taller podía leerse como sigue: «Se pulen almas».
Se pensaba que la personalidad de un espadero pasaba
a formar parte de sus obras. Así que antes de forjar una
espada, un maestro forjador ayunaba para purificarse.
Colgaba por su taller plegarias escritas en papel de arroz
y se vestía con kimonos blancos, como un sacerdote, para
trabajar en la forja encendida. Mientras trabajaba mantenía
una concentración absoluta.
La espada de un samurai estaba hecha de hierro y acero,
calentada en la forja y enfriada sucesivamente, o templada
en una mezcla de aceite y agua. El acero era trabajado con
el martillo, modelado una y otra vez hasta conseguir cuatro
millones de láminas de metal. La hoja de la espada de
un samurai era muy dura y extremadamente afilada, pero
el cuerpo de la misma era más suave y flexible. Una vez
acabada, la espada era guarnecida y se le añadía un mango
decorado. Tras lo cual la nueva espada podría ser puesta a
prueba sobre el cuerpo de un criminal.
mundo, la primera espada siempre mencionada es un acero
japonés llamado la espada sagrada. Esta poderosa arma
fue forjada en la cola de una gigantesca serpiente de ocho
cabezas, cuya parte inferior estaba escondida por nubes
de humo negro.
La serpiente, que era tan alta como ocho montañas,
gustaba de comer jóvenes doncellas. De manera que el
héroe Susano-o, hijo del dios del fuego, se decidió a matar
al monstruo. Engañó a la serpiente para emborracharla
con sake, un vino de arroz muy fuerte. Una vez ebria la
serpiente se quedó dormida y Susano-o la cortó en pedazos.
Pero cuando llegó a la cola, la espada de Susano-o
golpeó algo muy duro y se rompió en dos. Tanteando con
sus manos en el interior de las oscuras nubes, descubrió
la espada sagrada. Según la leyenda, la espada era uno de
los tres tesoros que fueron entregados por los dioses al
primer emperador de Japón para constituir las insignias
reales o las joyas de la corona. (Un espejo de hierro y un
collar fueron los otros dos). Así que la espada, un símbolo
del poder divino del emperador, ha sido venerada por
los japoneses desde los tiempos antiguos.
Tokugawa Ieyasu (1542-1616), uno de los jefes samurais
más importantes, llamó a la espada «el alma del
samurai». En la época de Ieyasu sólo al samurai le estaba
permitido llevar dos espadas. La más larga, la katana, era
el arma principal en la batalla. La espada corta, la wakizashi,
se usaba también en combate y, de ser preciso, en el suicidio
ritual.
Para el orgulloso samurai, no había posesión más preciada
que su espada. Se colocaba una espada en la habitación
del samurai el mismo día de su nacimiento y también
se depositaba una espada en su lecho de muerte al morir.
A lo largo de su vida, el samurai acostumbraba a dormir
con su espada cerca de su almohada y la llevaba consigo
dondequiera que fuese.
Las espadas eran siempre tratadas con respeto. Cuando
se visitaba a otro guerrero, el samurai podía colocar
su katana en un armero especial cerca de la puerta o bien
se le permitía a un criado llevársela sobre un paño de
seda, pero siempre se quedaba con el wakizashi en su
cinto.
Las espadas de los samurais pasaban de generación en
generación. Cualquier falta de respeto a la espada de un
samurai era vista como un insulto hacia toda su familia.
Se consideraba una grave ofensa tocar de cualquier forma
la espada de otro sin su permiso, una afrenta que podía
resultar en un cruento duelo. Por este motivo, los samurais
tenían que tener cuidado para no rozarse entre sí al andar
por la calle por ejemplo.
Los samurais también creían que las mejores hojas de
los mejores fabricantes de espadas tenían poderes espirituales
en sí mismas. Las espadas que habían sido usadas
en combate eran especialmente apreciadas. Pero los
samurais adinerados también buscaban nuevas espadas de
espaderos famosos.
Aquellos que hacían las espadas eran reverenciados
como artistas y hombres santos, y el taller de un forjador
de espadas era considerado como un templo, donde se
realizaba un trabajo sagrado. Un cartel típico a las afueras
de un taller podía leerse como sigue: «Se pulen almas».
Se pensaba que la personalidad de un espadero pasaba
a formar parte de sus obras. Así que antes de forjar una
espada, un maestro forjador ayunaba para purificarse.
Colgaba por su taller plegarias escritas en papel de arroz
y se vestía con kimonos blancos, como un sacerdote, para
trabajar en la forja encendida. Mientras trabajaba mantenía
una concentración absoluta.
La espada de un samurai estaba hecha de hierro y acero,
calentada en la forja y enfriada sucesivamente, o templada
en una mezcla de aceite y agua. El acero era trabajado con
el martillo, modelado una y otra vez hasta conseguir cuatro
millones de láminas de metal. La hoja de la espada de
un samurai era muy dura y extremadamente afilada, pero
el cuerpo de la misma era más suave y flexible. Una vez
acabada, la espada era guarnecida y se le añadía un mango
decorado. Tras lo cual la nueva espada podría ser puesta a
prueba sobre el cuerpo de un criminal.
El taller de un espadero.
A la manera de un artista, un maestro hacedor de
espadas solía firmar su trabajo. Pero el más famoso de
todos los espaderos, Masamune (1264-1343), fabricó
espadas tan peculiares que no necesitaba firmarlas.
Masamune era tenido por un hombre profundamente
religioso y se decía que sus espadas poseían un gran poder
espiritual.
El principal rival de Masamune, Muramasa, fue también
un hábil espadero. Pero Muramasa amaba la guerra.
Sus espadas eran tan fuertes que podía cortar un casco
como si fuese un melón. Sus armas tenían sed de sangre.
Se decía que los samurais que poseían las malvadas espadas
de Muramasa se volvían locos, incapaces de parar de
matar, hasta que finalmente volvían las espadas contra sí
mismos.
Según la leyenda, una manera de comprobar la diferencia
de carácter entre las espadas de Masamune y las de
Muramasa era poner una de cada, de pie, en una corriente
de agua. Las hojas que flotaban en el agua evitarían la
espada de Masamune, llegando de una pieza al otro lado.
Sin embargo, se verían atrapadas sin remedio por la mortal
espada de Muramasa y acabarían cortadas en dos.
espadas solía firmar su trabajo. Pero el más famoso de
todos los espaderos, Masamune (1264-1343), fabricó
espadas tan peculiares que no necesitaba firmarlas.
Masamune era tenido por un hombre profundamente
religioso y se decía que sus espadas poseían un gran poder
espiritual.
El principal rival de Masamune, Muramasa, fue también
un hábil espadero. Pero Muramasa amaba la guerra.
Sus espadas eran tan fuertes que podía cortar un casco
como si fuese un melón. Sus armas tenían sed de sangre.
Se decía que los samurais que poseían las malvadas espadas
de Muramasa se volvían locos, incapaces de parar de
matar, hasta que finalmente volvían las espadas contra sí
mismos.
Según la leyenda, una manera de comprobar la diferencia
de carácter entre las espadas de Masamune y las de
Muramasa era poner una de cada, de pie, en una corriente
de agua. Las hojas que flotaban en el agua evitarían la
espada de Masamune, llegando de una pieza al otro lado.
Sin embargo, se verían atrapadas sin remedio por la mortal
espada de Muramasa y acabarían cortadas en dos.
Minamoto Yoritomo, el primer sogún
II
El enfrentamiento entre los señores de la guerra
EL PRIMER SOGÚN
Las guerras Gempei entre los clanes Minamoto y Taira
comenzaron en 1180 y duraron cinco años. Las historias
sobre esta sangrienta guerra civil y sobre los héroes que
tomaron parte en ella se han convertido en leyendas en
Japón. Durante 800 años, los japoneses han referido una
y otra vez estos sucesos en libros, obras de teatro y películas,
de manera muy parecida a como los norteamericanos
cuentan los episodios de la guerra de la independencia y
del salvaje oeste.
Los hombres del clan Minamoto fueron los vencedores
de las guerras Gempei. Su líder, Minamoto Yoritomo
se convirtió en el primer shogun o sogún, o dictador militar,
de Japón. A partir de ese momento y durante siglos,
el emperador de Japón gobernó sólo nominalmente. El
verdadero poder residía en el sogún.
Minamoto Yoritomo fue un gran hombre de estado
pero un líder falto de carisma. Hoy en día, es el hermano
de Yoritomo, Minamoto Yoshitsune, quien es recordado
como el perfecto guerrero samurai.
Una nota sobre los nombres japoneses: en Japón es costumbre
que el apellido, o nombre de la familia, aparezca
primero seguido del nombre propio. Minamoto, por ejemplo,
es el apellido, como González, mientras que Yoritomo
es el nombre propio. Con frecuencia, los nombres propios
en una familia japonesa comienzan con el mismo
sonido, como Yori o Yoghi. Un ejemplo comparable en
castellano sería una familia de apellido González que llamase
a sus hijos «González Juana», «González José» y
«González Jaime».
comenzaron en 1180 y duraron cinco años. Las historias
sobre esta sangrienta guerra civil y sobre los héroes que
tomaron parte en ella se han convertido en leyendas en
Japón. Durante 800 años, los japoneses han referido una
y otra vez estos sucesos en libros, obras de teatro y películas,
de manera muy parecida a como los norteamericanos
cuentan los episodios de la guerra de la independencia y
del salvaje oeste.
Los hombres del clan Minamoto fueron los vencedores
de las guerras Gempei. Su líder, Minamoto Yoritomo
se convirtió en el primer shogun o sogún, o dictador militar,
de Japón. A partir de ese momento y durante siglos,
el emperador de Japón gobernó sólo nominalmente. El
verdadero poder residía en el sogún.
Minamoto Yoritomo fue un gran hombre de estado
pero un líder falto de carisma. Hoy en día, es el hermano
de Yoritomo, Minamoto Yoshitsune, quien es recordado
como el perfecto guerrero samurai.
Una nota sobre los nombres japoneses: en Japón es costumbre
que el apellido, o nombre de la familia, aparezca
primero seguido del nombre propio. Minamoto, por ejemplo,
es el apellido, como González, mientras que Yoritomo
es el nombre propio. Con frecuencia, los nombres propios
en una familia japonesa comienzan con el mismo
sonido, como Yori o Yoghi. Un ejemplo comparable en
castellano sería una familia de apellido González que llamase
a sus hijos «González Juana», «González José» y
«González Jaime».
ENFRENTAMIENTO ENTRE LOS SEÑORES DE LA GUERRA
El poder del emperador se había visto tremendamente
debilitado con el ascenso de los clanes samurais. Los dos
más poderosos, el Minamoto y el Taira, habían sido rivales
durante mucho tiempo. Los Minamoto eran conocidos
por su labor poniendo fin a rebeliones en el norte y
en el este, mientras que los Taira eran expertos en derrotar
a los piratas que asolaban las rutas comerciales hacia
China. Los Taira se hacían preceder de una bandera de
color rojo. El color de la de los Minamoto era el blanco.
En 1160, el clan Minamoto atacó el Palacio Imperial en
Kyoto. Fueron derrotados por Kiyomori, líder de los
Taira, que tomó el control de la capital.
Kiyomori ordenó la ejecución del líder de los Minamoto,
Yoshitomo, y de todos sus hijos. Yoshitomo fue
ejecutado. Pero Kiyomori, impactado por la hermosura
de la esposa de Yoshitomo, Tokiwa, accedió a dejar a sus
hijos con vida si ella estaba dispuesta a convertirse en su
concubina. De manera que el hijo mayor, Yoritomo, de
catorce años, que había luchado junto a su padre, fue enviado
a la provincia oriental de Izu para ser educado por
los Taira. Mientras que el más joven, Yoshitsune, todavía
un niño, fue enviado a un monasterio donde acabaría convirtiéndose
en sacerdote.
Taira Kiyomori se arrepentiría más tarde. Ya que los
jóvenes cuyas vidas había perdonado regresarían algún día
para vengarse.
debilitado con el ascenso de los clanes samurais. Los dos
más poderosos, el Minamoto y el Taira, habían sido rivales
durante mucho tiempo. Los Minamoto eran conocidos
por su labor poniendo fin a rebeliones en el norte y
en el este, mientras que los Taira eran expertos en derrotar
a los piratas que asolaban las rutas comerciales hacia
China. Los Taira se hacían preceder de una bandera de
color rojo. El color de la de los Minamoto era el blanco.
En 1160, el clan Minamoto atacó el Palacio Imperial en
Kyoto. Fueron derrotados por Kiyomori, líder de los
Taira, que tomó el control de la capital.
Kiyomori ordenó la ejecución del líder de los Minamoto,
Yoshitomo, y de todos sus hijos. Yoshitomo fue
ejecutado. Pero Kiyomori, impactado por la hermosura
de la esposa de Yoshitomo, Tokiwa, accedió a dejar a sus
hijos con vida si ella estaba dispuesta a convertirse en su
concubina. De manera que el hijo mayor, Yoritomo, de
catorce años, que había luchado junto a su padre, fue enviado
a la provincia oriental de Izu para ser educado por
los Taira. Mientras que el más joven, Yoshitsune, todavía
un niño, fue enviado a un monasterio donde acabaría convirtiéndose
en sacerdote.
Taira Kiyomori se arrepentiría más tarde. Ya que los
jóvenes cuyas vidas había perdonado regresarían algún día
para vengarse.
LAS HAZAÑAS DE YOSHITSUNE
A medida que se aproximaba a la edad adulta, Minamoto
Yoritomo estudiaba política y estrategia militar bajo la
mirada atenta de sus implacables enemigos, los Taira. La
infancia de su hermano Yoshitsune, sin embargo, discurría
de manera bastante diferente. De hecho, hoy en día,
la vida de Yoshitsune ha pasado a ser parte historia, parte
leyenda.
Siendo aún niño, Yoshitsune fue enviado a un remoto
templo en el Monte Kurama. Se cuenta que a la edad de
once años, al saber de su pasado, decidió derrotar a los
Taira y secretamente inició el estudio de las artes marciales.
La leyenda dice también que Yoshitsune se escapaba
del monasterio al anochecer para ser instruido por Sojobo,
rey de los tengu. Los tengu, pequeños duendes montaraces
que eran mitad pájaro mitad hombre, usaron la magia
para enseñar al niño el arte de la espada, del arco y de la
flecha, y otras disciplinas. Tan pronto como Yoshitsune
asestaba un golpe con la espada, su maestro se desvanecía,
para reaparecer al momento riéndose en lo alto de
un árbol. El discípulo lanzaba una flecha, pero el tengu
la hacía caer ayudado de un abanico de hierro. Un tengu
aparecía delante de él, mientras que otro le atacaba desde
detrás. Entrenándose noche tras noche, Yoshitsune
se convirtió en un guerrero de extraordinaria intuición,
velocidad y destreza.
Hay muchas historias sobre las aventuras de
Yoshitsune tras su fuga de los monjes del Monte Kurama.
La más popular es la historia de su encuentro con el gigante
que se-convertiría en su compañero para toda la vida:
Benkei.
Benkei era un monje guerrero: un feroz luchador con
la naginata, una lanza de hoja curva, el arma tradicional de
los monjes japoneses. Poseía además unas dimensiones
colosales. El pasatiempo de Benkei era coleccionar espadas.
Cada día esperaba en el Puente Gojo a los guerreros
que querían cruzar. Les invitaba a luchar y a «recoger» sus
espadas. Tenía ya 999 y quería 1000.
Un día, Benkei avistó a un agraciado muchacho con
una espada magnífica. El joven estaba sentado bajo un
árbol al otro lado del puente, tocando tranquilamente la
flauta. Benkei se sentía defraudado porque su espada
número 1000 fuera a ser tan fácil de conseguir, algo así
como quitarle sus caramelos a un niño. Pero quería acabar
su colección.
«Dame tu espada», le ordenó Benkei. «Simplemente
ponía en el suelo y márchate». Para su sorpresa, el joven le
ignoró.
«Haz lo que te digo o tendré que aplastar tu cabeza»,
gruñó el gigante. Pero la dulce melodía de la flauta prosiguió.
Benkei empuñó su naginata y atacó, pero para su sorpresa,
en vez de alcanzar al muchacho, la clavó en el árbol.
El chico había saltado sobre la barandilla del puente, donde
se mantenía tranquilamente en equilibrio.
Benkei golpeó otra vez y de nuevo el muchacho evitó
su golpe. ¡Era como si le hubiese dado justo a la barandilla
opuesta del puente! Más rápido cada vez y con más
dureza, Benkei golpeó, pero de nuevo su espada sólo se
enfrentó al aire. Pronto el gigante se sintió extenuado y
se detuvo para tomar aliento. El joven, que no parecía en
absoluto cansado, sacó un pequeño abanico de los pliegues
de su ropa. Se abanicó por un instante, como aburrido
por la pelea. Entonces, con un giro de muñeca dejó
volar el abanico que golpeó al gigante directamente en la
cabeza.
A partir de ese día, Benkei llamó al joven su señor. El
muchacho por supuesto era Yoshitsune.
Yoritomo estudiaba política y estrategia militar bajo la
mirada atenta de sus implacables enemigos, los Taira. La
infancia de su hermano Yoshitsune, sin embargo, discurría
de manera bastante diferente. De hecho, hoy en día,
la vida de Yoshitsune ha pasado a ser parte historia, parte
leyenda.
Siendo aún niño, Yoshitsune fue enviado a un remoto
templo en el Monte Kurama. Se cuenta que a la edad de
once años, al saber de su pasado, decidió derrotar a los
Taira y secretamente inició el estudio de las artes marciales.
La leyenda dice también que Yoshitsune se escapaba
del monasterio al anochecer para ser instruido por Sojobo,
rey de los tengu. Los tengu, pequeños duendes montaraces
que eran mitad pájaro mitad hombre, usaron la magia
para enseñar al niño el arte de la espada, del arco y de la
flecha, y otras disciplinas. Tan pronto como Yoshitsune
asestaba un golpe con la espada, su maestro se desvanecía,
para reaparecer al momento riéndose en lo alto de
un árbol. El discípulo lanzaba una flecha, pero el tengu
la hacía caer ayudado de un abanico de hierro. Un tengu
aparecía delante de él, mientras que otro le atacaba desde
detrás. Entrenándose noche tras noche, Yoshitsune
se convirtió en un guerrero de extraordinaria intuición,
velocidad y destreza.
Hay muchas historias sobre las aventuras de
Yoshitsune tras su fuga de los monjes del Monte Kurama.
La más popular es la historia de su encuentro con el gigante
que se-convertiría en su compañero para toda la vida:
Benkei.
Benkei era un monje guerrero: un feroz luchador con
la naginata, una lanza de hoja curva, el arma tradicional de
los monjes japoneses. Poseía además unas dimensiones
colosales. El pasatiempo de Benkei era coleccionar espadas.
Cada día esperaba en el Puente Gojo a los guerreros
que querían cruzar. Les invitaba a luchar y a «recoger» sus
espadas. Tenía ya 999 y quería 1000.
Un día, Benkei avistó a un agraciado muchacho con
una espada magnífica. El joven estaba sentado bajo un
árbol al otro lado del puente, tocando tranquilamente la
flauta. Benkei se sentía defraudado porque su espada
número 1000 fuera a ser tan fácil de conseguir, algo así
como quitarle sus caramelos a un niño. Pero quería acabar
su colección.
«Dame tu espada», le ordenó Benkei. «Simplemente
ponía en el suelo y márchate». Para su sorpresa, el joven le
ignoró.
«Haz lo que te digo o tendré que aplastar tu cabeza»,
gruñó el gigante. Pero la dulce melodía de la flauta prosiguió.
Benkei empuñó su naginata y atacó, pero para su sorpresa,
en vez de alcanzar al muchacho, la clavó en el árbol.
El chico había saltado sobre la barandilla del puente, donde
se mantenía tranquilamente en equilibrio.
Benkei golpeó otra vez y de nuevo el muchacho evitó
su golpe. ¡Era como si le hubiese dado justo a la barandilla
opuesta del puente! Más rápido cada vez y con más
dureza, Benkei golpeó, pero de nuevo su espada sólo se
enfrentó al aire. Pronto el gigante se sintió extenuado y
se detuvo para tomar aliento. El joven, que no parecía en
absoluto cansado, sacó un pequeño abanico de los pliegues
de su ropa. Se abanicó por un instante, como aburrido
por la pelea. Entonces, con un giro de muñeca dejó
volar el abanico que golpeó al gigante directamente en la
cabeza.
A partir de ese día, Benkei llamó al joven su señor. El
muchacho por supuesto era Yoshitsune.
LAS GUERRAS GEMPEI
En 1180, el nieto de tres años de Kiyomori, Antoku, se
convirtió en emperador, aunque Taira Kiyomori continuó
gobernando Japón defacto. Apenas pensaba ya en los herederos
de Minamoto a los que había expulsado veinte años
antes. De forma que le sorprendió mucho oír que los
Minamoto estaban planeando un levantamiento contra el
clan de los Taira.
El primer ataque fue un desastre para los Minamoto. Su
reducida tropa estaba dirigida por un veterano soldado de
74 años de edad, Minamoto Yorimasa y compuesta por un
grupo de monjes guerreros. Al ser descubiertos sus planes
con antelación, las fuerzas de los Minamoto se vieron atrapadas
en una ciudad llamada Uji, en la cuenca del río Uji,
en el camino entre Kyoto y Nara. Perseguidos por los Taira
y superados ampliamente en número, los Minamoto idearon
un plan. Cruzaron el puente Uji y desmontaron 60 pies
de tablas de madera. Al amanecer, envueltos en niebla, los
samurais Taira galoparon hasta el borde del río y alzaron su
grito de guerra. Los Minamoto respondieron. Así que los
jinetes Taira cruzaron en tropel por el puente y cayeron
por el agujero a la veloz corriente del río.
El cielo sobre las aguas apareció pronto cubierto de
flechas y muchos fueron los que libraron un bravo combate
sobre el puente roto. Pero la suerte de los Minamoto
no duró mucho. Cogiéndose de las manos, bajaron la
cabeza frente a los arqueros de Minamoto, y así las fuerzas
de los Taira lograron vadear el río y atacaron. Minamoto
Yorimasa, herido y vencido, compuso un poema en
el reverso de su abanico. Tras lo cual atravesándose el abdomen
con su daga se suicidó a la manera tradicional o
seppuku, ordenando antes que hundiesen su cabeza en el
río para que sus enemigos no pudieran reclamarla. Durante
siglos, Yorimasa fue recordado como un modelo de compostura
y de nobleza en la derrota, la más noble de las
muertes para un samurai.
La batalla sobre el Puente Uji
convirtió en emperador, aunque Taira Kiyomori continuó
gobernando Japón defacto. Apenas pensaba ya en los herederos
de Minamoto a los que había expulsado veinte años
antes. De forma que le sorprendió mucho oír que los
Minamoto estaban planeando un levantamiento contra el
clan de los Taira.
El primer ataque fue un desastre para los Minamoto. Su
reducida tropa estaba dirigida por un veterano soldado de
74 años de edad, Minamoto Yorimasa y compuesta por un
grupo de monjes guerreros. Al ser descubiertos sus planes
con antelación, las fuerzas de los Minamoto se vieron atrapadas
en una ciudad llamada Uji, en la cuenca del río Uji,
en el camino entre Kyoto y Nara. Perseguidos por los Taira
y superados ampliamente en número, los Minamoto idearon
un plan. Cruzaron el puente Uji y desmontaron 60 pies
de tablas de madera. Al amanecer, envueltos en niebla, los
samurais Taira galoparon hasta el borde del río y alzaron su
grito de guerra. Los Minamoto respondieron. Así que los
jinetes Taira cruzaron en tropel por el puente y cayeron
por el agujero a la veloz corriente del río.
El cielo sobre las aguas apareció pronto cubierto de
flechas y muchos fueron los que libraron un bravo combate
sobre el puente roto. Pero la suerte de los Minamoto
no duró mucho. Cogiéndose de las manos, bajaron la
cabeza frente a los arqueros de Minamoto, y así las fuerzas
de los Taira lograron vadear el río y atacaron. Minamoto
Yorimasa, herido y vencido, compuso un poema en
el reverso de su abanico. Tras lo cual atravesándose el abdomen
con su daga se suicidó a la manera tradicional o
seppuku, ordenando antes que hundiesen su cabeza en el
río para que sus enemigos no pudieran reclamarla. Durante
siglos, Yorimasa fue recordado como un modelo de compostura
y de nobleza en la derrota, la más noble de las
muertes para un samurai.
La batalla sobre el Puente Uji
La guerra se recrudeció. Las fuerzas de Minamoto
fueron diezmadas y los Taira parecían ir ganando. Pero
Minamoto Yoritomo, ahora mayor de edad, siempre escapaba.
En su lecho de muerte en 1181, Taira Kiyomori
ordenó a sus hombres que no rezasen por él, sino que en
su lugar se afanasen en traerle la cabeza de Yoritomo para
colocarla sobre su tumba.
Yoritomo había instalado su cuartel general en
Kamakura. Allí, se reunió con su hermano menor
Yoshitsune. El poder de Yoritomo crecía y empezó a llamarse
a sí mismo Señor Kamakura. Pero pronto encontraría
que tenía un rival en su propia familia. Su primo
Minamoto Yoshinaka estaba llevando a cabo grandes
incursiones contra los Taira. En 1183, los Taira huyeron
de la capital, retirándose a su territorio en Honshu occidental
y a las islas de Shikoku y Kyushu. Se llevaron consigo
los emblemas imperiales —el espejo, el collar adornado
de piedras preciosas, y la espada— al niño emperador
Antoku, que no alcanzaba todavía los seis años de edad, y
a la mayor parte de la familia real. Yoshinaka entró en
Kyoto triunfante.
Pero Yoshinaka era un rudo soldado del campo y sus
samurais saquearon Kyoto. En 1184, Yoritomo envió a
Yoshitsune para vencer a su primo. Yoshinaka levantó las
láminas del Puente Uji con la esperanza de que el truco
volviera a funcionar pero los hombres de Yoshitsune cruzaron
el río siguiendo la corriente y tomaron la capital.
fueron diezmadas y los Taira parecían ir ganando. Pero
Minamoto Yoritomo, ahora mayor de edad, siempre escapaba.
En su lecho de muerte en 1181, Taira Kiyomori
ordenó a sus hombres que no rezasen por él, sino que en
su lugar se afanasen en traerle la cabeza de Yoritomo para
colocarla sobre su tumba.
Yoritomo había instalado su cuartel general en
Kamakura. Allí, se reunió con su hermano menor
Yoshitsune. El poder de Yoritomo crecía y empezó a llamarse
a sí mismo Señor Kamakura. Pero pronto encontraría
que tenía un rival en su propia familia. Su primo
Minamoto Yoshinaka estaba llevando a cabo grandes
incursiones contra los Taira. En 1183, los Taira huyeron
de la capital, retirándose a su territorio en Honshu occidental
y a las islas de Shikoku y Kyushu. Se llevaron consigo
los emblemas imperiales —el espejo, el collar adornado
de piedras preciosas, y la espada— al niño emperador
Antoku, que no alcanzaba todavía los seis años de edad, y
a la mayor parte de la familia real. Yoshinaka entró en
Kyoto triunfante.
Pero Yoshinaka era un rudo soldado del campo y sus
samurais saquearon Kyoto. En 1184, Yoritomo envió a
Yoshitsune para vencer a su primo. Yoshinaka levantó las
láminas del Puente Uji con la esperanza de que el truco
volviera a funcionar pero los hombres de Yoshitsune cruzaron
el río siguiendo la corriente y tomaron la capital.
Yoshinaka fue decapitado.
Una vez asegurado Kyoto, los Minamoto querían poner
fin al clan de los Taira de una vez por todas. Yoshitsune
lideró muchos combates brillantes, aplastando muchos
asentamientos Taira e incendiando sus campamentos. Los
Taira eran poderosos y controlaban las aguas del Mar Interior.
Pero a medida que sus bajas aumentaban, algunos de
los jefes samurais marineros se unieron a los Minamoto.
fin al clan de los Taira de una vez por todas. Yoshitsune
lideró muchos combates brillantes, aplastando muchos
asentamientos Taira e incendiando sus campamentos. Los
Taira eran poderosos y controlaban las aguas del Mar Interior.
Pero a medida que sus bajas aumentaban, algunos de
los jefes samurais marineros se unieron a los Minamoto.
DAN-NO-URA
En 1185, los Taira reunieron todos sus barcos en un estrecho
entre las islas de Kyushu y Honshu, cerca del pueblo
de Dan-no-ura. Debido a su mayor experiencia bélica en
el mar, aprendida por llevar generaciones peleando contra
piratas, los Taira estaban seguros de que aplastarían rápidamente
los barcos de los Minamoto. Estaban tan seguros
de que la batalla sería tan corta que acabaría antes de que
subiera la marea.
Al principio, los Taira parecían ir ganando. Un general
Taira logró abrirse paso hasta el barco de Yoshitsune y
estuvo a punto de capturar al héroe, pero Yoshitsune dio
un extraordinario salto hasta un barco próximo y el general
Taira encontró la muerte al caer al mar. La batalla continuó
y la marea empezó a subir.
Al cambiar la marea, los barcos Taira se quedaron atrapados
entre los barcos de los Minamoto y la orilla. De
repente los Taira se vieron forzados a ir hacia la orilla.
Yoshitsune ordenó a sus hombres que dirigieran sus flechas
contra los timoneros en lugar de contra los arqueros
de cubierta. Pronto las naves de los Taira estuvieron a la
deriva, sin posibilidad de control. El mar estaba teñido
del rojo de la sangre derramada. Finalmente, uno de los
capitanes Taira arrió la bandera roja de los Taira y navegó
para unirse a los Minamoto. El capitán reveló a Yoshitsune
cuál era el barco que llevaba al niño emperador y las insignias
reales.
Yoshitsune dirigió toda la fuerza de sus guerreros contra
ese único barco.
Tomomori, el comandante Taira, sabía que estaba todo
perdido. Informó al joven emperador de que el suicidio
era la única respuesta honorable. La abuela del niño, la
viuda de Kiyomori, tomó al emperador de ocho años en
sus brazos, oraron juntos por última vez y saltó con él al
mar revuelto.
La tragedia siguió. Los siguientes en saltar fueron otros
miembros de la familia imperial y muchos samurais Taira.
Cuando una de las damas de la corte estaba a punto de
saltar, una flecha sujetó su falda al barco y soltó el cofre
que portaba sobre la cubierta de la nave. Los guerreros de
Minamoto rescataron el cofre. Dentro encontraron el
espejo sagrado, una de las joyas reales. Más tarde los
buceadores de Yoshitsune recuperaron también el collar
del fondo del mar. Pero la legendaria espada sagrada se
perdió para siempre.
El último en saltar fue Tomomori, el general Taira, que
colocándose dos capas de una armadura muy pesada, siguió
a sus hombres hacia el bravo oleaje.
Como jefe del clan Minamoto, Yoritomo se convirtió
en el sogún de Japón. Pero durante años los marineros
evitaron las costas de Dan-no-ura donde se decía que ejércitos
de fantasmas acechaban desde el mar. Todavía se
cuentan historias sobre los nobles Taira, o Heike, y se cree
que los espíritus de los samurais que fueron asesinados
en Dan-no-ura viven en los cangrejos Heike que llevan el
dibujo de rostros humanos en su concha.
Yoshitsune se reveló como un héroe y demostró gran
lealtad a su hermano y a su clan. Pero Yoritomo era un
político, no un general. Se sentía amenazado por la popularidad
y la fuerza de Yoshitsune. Finalmente, los celos
hacia su hermano menor fueron tan fuertes que ordenó
que le matasen dándole caza como a un animal.
Yoshitsune escribió cartas a Yoritomo jurándole lealtad
y suplicándole que le perdonase, pero no valió de nada.
Se dice que escapó a los ejércitos y los espías de su hermano
con su fiel Benkei, que se encontró con fantasmas y
que tuvo innumerables aventuras. Pero finalmente fue atrapado
por las fuerzas del sogún. Mientras Benkei resistía
empuñando con destreza su naginata, Yoshitsune se retiró
para suicidarse en privado. El gigante quedó inmóvil y sólo
cuando un samurai a caballo se atrevió a pasar cerca del
fiero Benkei se dieron cuenta de que estaba muerto. El
gigante simplemente se desplomó.
Yoritomo continuó gobernando solo. Pero algunos
dicen que estaba atormentado por la manera en que había
tratado a su hermano. En 1199 mientras desfilaba a caballo
cayó al suelo repentinamente sin razón aparente. Según
la leyenda murió de terror, porque el fantasma de
Yoshitsune había aparecido ante él.
III
entre las islas de Kyushu y Honshu, cerca del pueblo
de Dan-no-ura. Debido a su mayor experiencia bélica en
el mar, aprendida por llevar generaciones peleando contra
piratas, los Taira estaban seguros de que aplastarían rápidamente
los barcos de los Minamoto. Estaban tan seguros
de que la batalla sería tan corta que acabaría antes de que
subiera la marea.
Al principio, los Taira parecían ir ganando. Un general
Taira logró abrirse paso hasta el barco de Yoshitsune y
estuvo a punto de capturar al héroe, pero Yoshitsune dio
un extraordinario salto hasta un barco próximo y el general
Taira encontró la muerte al caer al mar. La batalla continuó
y la marea empezó a subir.
Al cambiar la marea, los barcos Taira se quedaron atrapados
entre los barcos de los Minamoto y la orilla. De
repente los Taira se vieron forzados a ir hacia la orilla.
Yoshitsune ordenó a sus hombres que dirigieran sus flechas
contra los timoneros en lugar de contra los arqueros
de cubierta. Pronto las naves de los Taira estuvieron a la
deriva, sin posibilidad de control. El mar estaba teñido
del rojo de la sangre derramada. Finalmente, uno de los
capitanes Taira arrió la bandera roja de los Taira y navegó
para unirse a los Minamoto. El capitán reveló a Yoshitsune
cuál era el barco que llevaba al niño emperador y las insignias
reales.
Yoshitsune dirigió toda la fuerza de sus guerreros contra
ese único barco.
Tomomori, el comandante Taira, sabía que estaba todo
perdido. Informó al joven emperador de que el suicidio
era la única respuesta honorable. La abuela del niño, la
viuda de Kiyomori, tomó al emperador de ocho años en
sus brazos, oraron juntos por última vez y saltó con él al
mar revuelto.
La tragedia siguió. Los siguientes en saltar fueron otros
miembros de la familia imperial y muchos samurais Taira.
Cuando una de las damas de la corte estaba a punto de
saltar, una flecha sujetó su falda al barco y soltó el cofre
que portaba sobre la cubierta de la nave. Los guerreros de
Minamoto rescataron el cofre. Dentro encontraron el
espejo sagrado, una de las joyas reales. Más tarde los
buceadores de Yoshitsune recuperaron también el collar
del fondo del mar. Pero la legendaria espada sagrada se
perdió para siempre.
El último en saltar fue Tomomori, el general Taira, que
colocándose dos capas de una armadura muy pesada, siguió
a sus hombres hacia el bravo oleaje.
Como jefe del clan Minamoto, Yoritomo se convirtió
en el sogún de Japón. Pero durante años los marineros
evitaron las costas de Dan-no-ura donde se decía que ejércitos
de fantasmas acechaban desde el mar. Todavía se
cuentan historias sobre los nobles Taira, o Heike, y se cree
que los espíritus de los samurais que fueron asesinados
en Dan-no-ura viven en los cangrejos Heike que llevan el
dibujo de rostros humanos en su concha.
Yoshitsune se reveló como un héroe y demostró gran
lealtad a su hermano y a su clan. Pero Yoritomo era un
político, no un general. Se sentía amenazado por la popularidad
y la fuerza de Yoshitsune. Finalmente, los celos
hacia su hermano menor fueron tan fuertes que ordenó
que le matasen dándole caza como a un animal.
Yoshitsune escribió cartas a Yoritomo jurándole lealtad
y suplicándole que le perdonase, pero no valió de nada.
Se dice que escapó a los ejércitos y los espías de su hermano
con su fiel Benkei, que se encontró con fantasmas y
que tuvo innumerables aventuras. Pero finalmente fue atrapado
por las fuerzas del sogún. Mientras Benkei resistía
empuñando con destreza su naginata, Yoshitsune se retiró
para suicidarse en privado. El gigante quedó inmóvil y sólo
cuando un samurai a caballo se atrevió a pasar cerca del
fiero Benkei se dieron cuenta de que estaba muerto. El
gigante simplemente se desplomó.
Yoritomo continuó gobernando solo. Pero algunos
dicen que estaba atormentado por la manera en que había
tratado a su hermano. En 1199 mientras desfilaba a caballo
cayó al suelo repentinamente sin razón aparente. Según
la leyenda murió de terror, porque el fantasma de
Yoshitsune había aparecido ante él.
III
El cénit de los samurais
LAS INVASIONES MONGOLAS
Una leyenda japonesa defiende que Yoshitsune no murió
después de todo en 1189, sino que escapó a China donde
se unió a los mongoles y cambió su nombre por el de
Genghis Khan.
Genghis Khan fue uno de los mayores conquistadores
de la historia. Unió a las tribus mongoles de China y a su
muerte gobernaba un imperio que se extendía desde Asia
hasta el este de Europa. Su nieto Kublai Khan intentó
invadir Japón y casi lo consiguió.
La primera invasión mongol tuvo lugar en 1274. Fue
una dura prueba para los guerreros samurais que se
encontraron con que sus enemigos no mostraban ningún
interés por sus formas tradicionales de hacer la guerra.
En lugar de enfrentarse de manera honorable a un igual,
los guerreros mongoles mataban a mujeres y niños inocentes.
Pero los samurais lucharon valientemente y los
mongoles se retiraron.
La segunda invasión mongol se produjo en 1281. Esta
vez la flota mongol era enorme. Mientras los samurais
rechazaban un ataque mongol en las playas, un emisario
imperial fue enviado para pedir a la diosa solar que intercediera
por ellos. Aquella noche los cielos se oscurecieron
y un intenso tornado comenzó a soplar. Las olas se
elevaban altas y caían golpeándose estruendosamente
contra el mar. Los barcos mongoles zozobraban sobre
las olas como si de muñecos se tratara. Poderosos vientos
los empujaban contra las rocas reduciéndolos a astillas.
La tormenta recibió el nombre de kamikaze o «viento
divino».
Seis siglos pasaron antes de que ningún extranjero se
atreviera a intentar de nuevo la conquista de Japón. Pero
el país permaneció dividido por las guerras civiles. Las guerras
se hicieron tan numerosas que el periodo que va de
1467 a 1568 es conocido como la Edad de la Guerra.
después de todo en 1189, sino que escapó a China donde
se unió a los mongoles y cambió su nombre por el de
Genghis Khan.
Genghis Khan fue uno de los mayores conquistadores
de la historia. Unió a las tribus mongoles de China y a su
muerte gobernaba un imperio que se extendía desde Asia
hasta el este de Europa. Su nieto Kublai Khan intentó
invadir Japón y casi lo consiguió.
La primera invasión mongol tuvo lugar en 1274. Fue
una dura prueba para los guerreros samurais que se
encontraron con que sus enemigos no mostraban ningún
interés por sus formas tradicionales de hacer la guerra.
En lugar de enfrentarse de manera honorable a un igual,
los guerreros mongoles mataban a mujeres y niños inocentes.
Pero los samurais lucharon valientemente y los
mongoles se retiraron.
La segunda invasión mongol se produjo en 1281. Esta
vez la flota mongol era enorme. Mientras los samurais
rechazaban un ataque mongol en las playas, un emisario
imperial fue enviado para pedir a la diosa solar que intercediera
por ellos. Aquella noche los cielos se oscurecieron
y un intenso tornado comenzó a soplar. Las olas se
elevaban altas y caían golpeándose estruendosamente
contra el mar. Los barcos mongoles zozobraban sobre
las olas como si de muñecos se tratara. Poderosos vientos
los empujaban contra las rocas reduciéndolos a astillas.
La tormenta recibió el nombre de kamikaze o «viento
divino».
Seis siglos pasaron antes de que ningún extranjero se
atreviera a intentar de nuevo la conquista de Japón. Pero
el país permaneció dividido por las guerras civiles. Las guerras
se hicieron tan numerosas que el periodo que va de
1467 a 1568 es conocido como la Edad de la Guerra.
LA EDAD DE LA GUERRA
A mediados del siglo XV, Japón estaba compuesta de
muchos pequeños estados. Cada uno de estos estados
estaba gobernado por un daimio, un poderoso hacendado
que controlaba su territorio desde un castillo fortificado.
Al servicio de cada daimio estaba su ejército samurai personal
así como sus tropas de campesinos conocidas como
ashigaru, que significa «pies ligeros».
Los daimio estaban constantemente en guerra los unos
contra los otros. A mediados del siglo XVI, el emperador
no tenía ni poder ni dinero y la función del sogún había
perdido su sentido primitivo. Ningún daimio era lo suficientemente
poderoso como para unir Japón.
Entonces en 1543 Japón recibió de nuevo la visita de
los extranjeros. Esta vez eran los portugueses que trajeron
algo nuevo con ellos: mosquetes, las primeras armas
de fuego que veían los japoneses. Los portugueses no
Este cuadro muestra monjes portugueses de nariz alargada orando
en el templo del dios cristiano.
habían ido para conquistar Japón sino para comerciar. Un
poderoso señor le dio a su armero un mosquete para que
lo copiara. El armero estaba desconcertado, pero en lugar
de defraudar a su señor, vendió a su hija a cambio de una
serie de lecciones de armería. Pronto los japoneses fueron
capaces de fabricar sus propias armas de fuego.
Un valiente samurai, Oda Nobunga, que había comenzado
su carrera como un jefe menor, fue lo suficientemente
astuto como para reconocer el valor de las armas
de fuego para la guerra. A fecha de su muerte en 1583, a
causa de una herida de bala, controlaba la mayor parte de
Japón. (Para más información ver «La Batalla de
Nagashino: 29 Junio 1575»).
A Nobunaga le sucedió uno de sus generales, Toyotomi
Hideyoshi. Hideyoshi era un hombre pequeño del que se
dice que parecía un mono, pero en el campo de batalla era
semejante a un dios. Su magnífico casco estaba decorado
con un penacho de un rojo vivo que rodeaba su cabeza
como los rayos del sol. En solo diez años Hideyoshi logró
unir todo Japón. Antes de su muerte, se había vuelto tan
seguro de sus habilidades como conquistador que invadió
Corea sin éxito. Algunos dicen que había sido poseído
por un zorro, una educada manera de decir que estaba
loco. Pero no se podía negar su poder.
En 1586, Hideyoshi terminó de construir el castillo
de Osaka, uno de los mayores edificios del mundo en su
tiempo. Los muros estaban decorados con las pinturas más
bellas y las habitaciones enteras estaban llenas de plata y
oro. Sin embargo todas las riquezas del mundo no podían
comprar la última voluntad de Hideyoshi. En su lecho de
muerte en 1598 suplicó a sus generales que juraran lealtad
a su único hijo y heredero, Hideyori. Entonces, como si
supiera que nada puede durar para siempre, Hideyoshi
compuso un poema de despedida:
¡Ahí Caigo como el rocío,
como el rocío me desvanezco.
Incluso la fortaleza de Osaka
es un sueño dentro de un sueño.
Hideyori, el nuevo mandatario, sólo tenía cinco años.
Poco tiempo después de la muerte de Hideyoshi sólo
la mitad de sus seguidores continuaban apoyando al joven
Hideyori. Los demás unieron sus fuerzas al general más
respetado de Hideyoshi, Tokugawa Ieyasu.
Ieyasu era brillante y ambicioso. Había librado su primera
batalla como joven samurai a los 17 años. Ahora era
un experimentado general en la cincuentena. Estaba preparado
para gobernar Japón. Pero Ieyasu era, sobre todo,
un hombre paciente. En 1600 derrotó a los seguidores de
Hideyori en la mayor batalla jamás librada entre samurais,
la Batalla de Sekigahara. Fue un triunfo. Pero Ieyasu
no intentó todavía sacar a Hideyori del castillo de Osaka.
En lugar de eso, en 1603 se dirigió al emperador de Japón
y reclamó el título de sogún. Tras lo cual gobernaría desde
la ciudad de Edo (hoy Tokio).
Como dictador militar, Ieyasu hizo construir un muro
alrededor del Palacio Imperial de Kyoto. Su fin, según él,
era proteger al emperador y a las 300 familias nobles que
vivían dentro. Allí, entre tranquilos jardines y grandes
riquezas, los cortesanos podían leer, escribir, pintar y
estudiar, como en un mundo de ensueño. Pero a nadie se
le permitía salir sin permiso de Ieyasu. De manera que era
imposible que nadie pudiera conspirar contra él.
Tokugawa Ieyasu llevó a término muchos otros cambios
durante su reinado como sogún. Su gobierno estaba
bien organizado y sus normas eran rígidas. Suspendió la
fabricación de armas de fuego y potenció una vuelta a la
espada como la única arma honorable. (Para más información
ver «Una vuelta al arte tradicional», página 109).
Controló de manera severa el comercio extranjero, para
impedir que ningún señor se hiciera demasiado poderoso.
Bajo sus sucesores se vetó la entrada a los extranjeros
en Japón, hasta que el comercio fue reestablecido en 1854.
Durante el mandato de Ieyasu las clases sociales estaban
rígidamente divididas. El gobierno decidía como
podía vestir cada clase y cual debía ser su comportamiento.
Los samurais eran la clase dominante. Debajo de ellos
estaban los campesinos, los artesanos y finalmente los
mercaderes.
Los samurais no fueron siempre ricos. Su riqueza
dependía de la cantidad de tierra que controlaban. Pero
eran temidos y respetados. Sólo les estaba permitido a los
hijos de los samurais convertirse a su vez en samurais y
sólo los samurais podían llevar dos espadas. Un samurai
tenía el poder de matar o deshacerse de alguien que estuviera
bajo su dominio por cualquier motivo. Pero esta
autoridad conllevaba una responsabilidad. Un samurai era
duramente castigado, incluso se le ordenaba suicidarse, si
perdía el honor.
Ieyasu, que había peleado en 80 batallas a lo largo de
su vida, también animaba a sus guerreros a apreciar las
cosas bellas: la poesía, la ceremonia del té, la salida de la
Tokugawa Ieyasu
luna, el perfume del cerezo en flor. El verdadero samurai
era un hombre de gustos refinados.
En 1614 después de gobernar durante 14 años, Ieyasu
estaba preparado para retar a Hideyori. Sitió el castillo de
Osaka en una de las campañas militares más famosas de
Japón. En esto también tuvo éxito Ieyasu y Hideyori, atrapado
en la torre dorada que su padre había construido, se
suicidó. Entonces Ieyasu mandó decapitar al hijo de
Hideyori y a muchos de sus samurais para impedir cualquier
rebelión posterior.
Dos años después de su victoria, a la edad de 74, Ieyasu
murió. Un verdadero samurai hasta el final, murió blandiendo
una espada en su lecho de muerte. Después de la
cual fue proclamado dios: Toshogu, el Dios Sol del Este.
Ieyasu no sufrió el mismo infortunio que su predecesor
Hideyoshi. Aseguró la sucesión pacífica de su hijo,
un general capaz por sí mismo, y miembros de la familia
Tokugawa gobernaron como sogunes durante más de 250
años.
muchos pequeños estados. Cada uno de estos estados
estaba gobernado por un daimio, un poderoso hacendado
que controlaba su territorio desde un castillo fortificado.
Al servicio de cada daimio estaba su ejército samurai personal
así como sus tropas de campesinos conocidas como
ashigaru, que significa «pies ligeros».
Los daimio estaban constantemente en guerra los unos
contra los otros. A mediados del siglo XVI, el emperador
no tenía ni poder ni dinero y la función del sogún había
perdido su sentido primitivo. Ningún daimio era lo suficientemente
poderoso como para unir Japón.
Entonces en 1543 Japón recibió de nuevo la visita de
los extranjeros. Esta vez eran los portugueses que trajeron
algo nuevo con ellos: mosquetes, las primeras armas
de fuego que veían los japoneses. Los portugueses no
Este cuadro muestra monjes portugueses de nariz alargada orando
en el templo del dios cristiano.
habían ido para conquistar Japón sino para comerciar. Un
poderoso señor le dio a su armero un mosquete para que
lo copiara. El armero estaba desconcertado, pero en lugar
de defraudar a su señor, vendió a su hija a cambio de una
serie de lecciones de armería. Pronto los japoneses fueron
capaces de fabricar sus propias armas de fuego.
Un valiente samurai, Oda Nobunga, que había comenzado
su carrera como un jefe menor, fue lo suficientemente
astuto como para reconocer el valor de las armas
de fuego para la guerra. A fecha de su muerte en 1583, a
causa de una herida de bala, controlaba la mayor parte de
Japón. (Para más información ver «La Batalla de
Nagashino: 29 Junio 1575»).
A Nobunaga le sucedió uno de sus generales, Toyotomi
Hideyoshi. Hideyoshi era un hombre pequeño del que se
dice que parecía un mono, pero en el campo de batalla era
semejante a un dios. Su magnífico casco estaba decorado
con un penacho de un rojo vivo que rodeaba su cabeza
como los rayos del sol. En solo diez años Hideyoshi logró
unir todo Japón. Antes de su muerte, se había vuelto tan
seguro de sus habilidades como conquistador que invadió
Corea sin éxito. Algunos dicen que había sido poseído
por un zorro, una educada manera de decir que estaba
loco. Pero no se podía negar su poder.
En 1586, Hideyoshi terminó de construir el castillo
de Osaka, uno de los mayores edificios del mundo en su
tiempo. Los muros estaban decorados con las pinturas más
bellas y las habitaciones enteras estaban llenas de plata y
oro. Sin embargo todas las riquezas del mundo no podían
comprar la última voluntad de Hideyoshi. En su lecho de
muerte en 1598 suplicó a sus generales que juraran lealtad
a su único hijo y heredero, Hideyori. Entonces, como si
supiera que nada puede durar para siempre, Hideyoshi
compuso un poema de despedida:
¡Ahí Caigo como el rocío,
como el rocío me desvanezco.
Incluso la fortaleza de Osaka
es un sueño dentro de un sueño.
Hideyori, el nuevo mandatario, sólo tenía cinco años.
Poco tiempo después de la muerte de Hideyoshi sólo
la mitad de sus seguidores continuaban apoyando al joven
Hideyori. Los demás unieron sus fuerzas al general más
respetado de Hideyoshi, Tokugawa Ieyasu.
Ieyasu era brillante y ambicioso. Había librado su primera
batalla como joven samurai a los 17 años. Ahora era
un experimentado general en la cincuentena. Estaba preparado
para gobernar Japón. Pero Ieyasu era, sobre todo,
un hombre paciente. En 1600 derrotó a los seguidores de
Hideyori en la mayor batalla jamás librada entre samurais,
la Batalla de Sekigahara. Fue un triunfo. Pero Ieyasu
no intentó todavía sacar a Hideyori del castillo de Osaka.
En lugar de eso, en 1603 se dirigió al emperador de Japón
y reclamó el título de sogún. Tras lo cual gobernaría desde
la ciudad de Edo (hoy Tokio).
Como dictador militar, Ieyasu hizo construir un muro
alrededor del Palacio Imperial de Kyoto. Su fin, según él,
era proteger al emperador y a las 300 familias nobles que
vivían dentro. Allí, entre tranquilos jardines y grandes
riquezas, los cortesanos podían leer, escribir, pintar y
estudiar, como en un mundo de ensueño. Pero a nadie se
le permitía salir sin permiso de Ieyasu. De manera que era
imposible que nadie pudiera conspirar contra él.
Tokugawa Ieyasu llevó a término muchos otros cambios
durante su reinado como sogún. Su gobierno estaba
bien organizado y sus normas eran rígidas. Suspendió la
fabricación de armas de fuego y potenció una vuelta a la
espada como la única arma honorable. (Para más información
ver «Una vuelta al arte tradicional», página 109).
Controló de manera severa el comercio extranjero, para
impedir que ningún señor se hiciera demasiado poderoso.
Bajo sus sucesores se vetó la entrada a los extranjeros
en Japón, hasta que el comercio fue reestablecido en 1854.
Durante el mandato de Ieyasu las clases sociales estaban
rígidamente divididas. El gobierno decidía como
podía vestir cada clase y cual debía ser su comportamiento.
Los samurais eran la clase dominante. Debajo de ellos
estaban los campesinos, los artesanos y finalmente los
mercaderes.
Los samurais no fueron siempre ricos. Su riqueza
dependía de la cantidad de tierra que controlaban. Pero
eran temidos y respetados. Sólo les estaba permitido a los
hijos de los samurais convertirse a su vez en samurais y
sólo los samurais podían llevar dos espadas. Un samurai
tenía el poder de matar o deshacerse de alguien que estuviera
bajo su dominio por cualquier motivo. Pero esta
autoridad conllevaba una responsabilidad. Un samurai era
duramente castigado, incluso se le ordenaba suicidarse, si
perdía el honor.
Ieyasu, que había peleado en 80 batallas a lo largo de
su vida, también animaba a sus guerreros a apreciar las
cosas bellas: la poesía, la ceremonia del té, la salida de la
Tokugawa Ieyasu
luna, el perfume del cerezo en flor. El verdadero samurai
era un hombre de gustos refinados.
En 1614 después de gobernar durante 14 años, Ieyasu
estaba preparado para retar a Hideyori. Sitió el castillo de
Osaka en una de las campañas militares más famosas de
Japón. En esto también tuvo éxito Ieyasu y Hideyori, atrapado
en la torre dorada que su padre había construido, se
suicidó. Entonces Ieyasu mandó decapitar al hijo de
Hideyori y a muchos de sus samurais para impedir cualquier
rebelión posterior.
Dos años después de su victoria, a la edad de 74, Ieyasu
murió. Un verdadero samurai hasta el final, murió blandiendo
una espada en su lecho de muerte. Después de la
cual fue proclamado dios: Toshogu, el Dios Sol del Este.
Ieyasu no sufrió el mismo infortunio que su predecesor
Hideyoshi. Aseguró la sucesión pacífica de su hijo,
un general capaz por sí mismo, y miembros de la familia
Tokugawa gobernaron como sogunes durante más de 250
años.
UN CASTILLO JAPONÉS
Los castillos japoneses eran lo suficientemente espaciosos
como para albergar al daimio, su familia y a la totalidad
de su ejército samurai. Normalmente estaban construidos
sobre una colina, tanto natural como hecha por el
hombre. Los cimientos estaban hechos de roca y formaban
muros empinados e irregulares. Esto servía para
proteger los castillos de los terremotos, pero los hacía
también más fáciles de escalar. Para evitar que los atacantes
escalaran las murallas, los señores de la guerra construían
agujeros secretos y puertas trampa a través de las
cuales podían verter agua hirviendo y rampas a través de
las cuales podían arrojar toneladas de roca. Dentro del
recinto amurallado, existía frecuentemente un foso o
niveles adicionales de muros que conducían al edificio
principal: el torreón.
El torreón del castillo estaba hecho de madera pero
quedaba generalmente a salvo de las llamas porque era muy
difícil llegar hasta él. El torreón tenía muchas plantas, con
enormes techos curvados tan gráciles como las alas de un
pájaro, cubiertos de tejas blancas o azules. Escondidas
entre las ventanas y los muros había aberturas para las flechas
y los mosquetes.
En su interior, el castillo japonés era tal laberinto de
patios, habitaciones y pasadizos construidos hábilmente
de manera que el invasor podía quedar atrapado en cada
sección por un complicado sistema de puertas.
En el centro de la fortaleza había lujosos apartamentos
donde vivían los señores con sus esposas e hijos. Otros
pisos contenían habitaciones del trono, despensas y
barracones para los soldados y los sirvientes.
Los castillos japoneses estaban construidos para
resistir un ataque. Algunos perecieron pasto de las llamas,
pero muchos otros fueron destruidos por las bombas
de la Segunda Guerra Mundial. Hoy sólo unos pocos
quedan en pie.
como para albergar al daimio, su familia y a la totalidad
de su ejército samurai. Normalmente estaban construidos
sobre una colina, tanto natural como hecha por el
hombre. Los cimientos estaban hechos de roca y formaban
muros empinados e irregulares. Esto servía para
proteger los castillos de los terremotos, pero los hacía
también más fáciles de escalar. Para evitar que los atacantes
escalaran las murallas, los señores de la guerra construían
agujeros secretos y puertas trampa a través de las
cuales podían verter agua hirviendo y rampas a través de
las cuales podían arrojar toneladas de roca. Dentro del
recinto amurallado, existía frecuentemente un foso o
niveles adicionales de muros que conducían al edificio
principal: el torreón.
El torreón del castillo estaba hecho de madera pero
quedaba generalmente a salvo de las llamas porque era muy
difícil llegar hasta él. El torreón tenía muchas plantas, con
enormes techos curvados tan gráciles como las alas de un
pájaro, cubiertos de tejas blancas o azules. Escondidas
entre las ventanas y los muros había aberturas para las flechas
y los mosquetes.
En su interior, el castillo japonés era tal laberinto de
patios, habitaciones y pasadizos construidos hábilmente
de manera que el invasor podía quedar atrapado en cada
sección por un complicado sistema de puertas.
En el centro de la fortaleza había lujosos apartamentos
donde vivían los señores con sus esposas e hijos. Otros
pisos contenían habitaciones del trono, despensas y
barracones para los soldados y los sirvientes.
Los castillos japoneses estaban construidos para
resistir un ataque. Algunos perecieron pasto de las llamas,
pero muchos otros fueron destruidos por las bombas
de la Segunda Guerra Mundial. Hoy sólo unos pocos
quedan en pie.
EL SITIO DEL CASTILLO DE OSAKA, 1614
Asaltar un castillo japonés era una tarea larga y costosa.
Los combates terminaban siendo normalmente salvajes y
sangrientos. Los ataques sorpresa resultaban difíciles de
organizar porque los castillos solían tener torres vigía, de
manera que los guerreros tenían que transportar enormes
escalas a los muros exteriores o bien intentar hacer un
túnel debajo de ellos. A veces el mejor plan era simplemente
bloquear los suministros y dejar que el enemigo
muriera de hambre.
El sitio del Castillo de Osaka duró casi un año. El castillo
tenía tres plantas que defender, tres fosos y ríos en
tres lados. Estaba defendido por 120.000 hombres leales
a Hideyori y deseosos de obtener la cabeza de Tokugawa
Ieyasu.
La primera orden del día de Ieyasu fue capturar las
atalayas del castillo. Después construyó torres de asalto y
arietes y atacó el castillo durante tres días, mientras sus
minadores intentaban construir un túnel debajo de las
torres exteriores.
Pero nada de esto funcionó. El castillo estaba bien pertrechado
y era el final del invierno.
Ieyasu sabía que tendría que recurrir al engaño. Sobornó
a un traidor para que abriese las puertas del castillo.
Pero el hombre fue decapitado antes de lograrlo. Así que
Ieyasu volvió sus cañones hacia el ala de las mujeres, donde
la madre de Hideyori, Yodogimi, vivía.
Las mujeres eran incapaces de dormir. Una bala de
cañón arrasó el gabinete del té de Yodogimi, matando a
dos de sus criadas, mientras que 100.000 samurais gritaban
dando fuertes alaridos desde las murallas que habían
construido fuera de las habitaciones de Yodogimi.
Hideyori, presionado por su madre y temiendo que el
castillo hubiera sido debilitado, aceptó llegar a un acuerdo:
Ieyasu disolvería su ejército y garantizaría la seguridad
de Hideyori a condición de que Hideyori aceptase no
atacarle y de que a la sazón se inundase el foso exterior
del castillo.
Ieyasu fingió disolver sus fuerzas y les ordenó en su
salida desmantelar la muralla exterior del Castillo de
Osaka y usarlo para rellenar el foso exterior. Después, a
pesar de la objeción de los comandantes de Osaka,
comenzaron a rellenar el segundo. Ieyasu fingió que
debían de haber malinterpretado sus órdenes. Pero las
Los combates terminaban siendo normalmente salvajes y
sangrientos. Los ataques sorpresa resultaban difíciles de
organizar porque los castillos solían tener torres vigía, de
manera que los guerreros tenían que transportar enormes
escalas a los muros exteriores o bien intentar hacer un
túnel debajo de ellos. A veces el mejor plan era simplemente
bloquear los suministros y dejar que el enemigo
muriera de hambre.
El sitio del Castillo de Osaka duró casi un año. El castillo
tenía tres plantas que defender, tres fosos y ríos en
tres lados. Estaba defendido por 120.000 hombres leales
a Hideyori y deseosos de obtener la cabeza de Tokugawa
Ieyasu.
La primera orden del día de Ieyasu fue capturar las
atalayas del castillo. Después construyó torres de asalto y
arietes y atacó el castillo durante tres días, mientras sus
minadores intentaban construir un túnel debajo de las
torres exteriores.
Pero nada de esto funcionó. El castillo estaba bien pertrechado
y era el final del invierno.
Ieyasu sabía que tendría que recurrir al engaño. Sobornó
a un traidor para que abriese las puertas del castillo.
Pero el hombre fue decapitado antes de lograrlo. Así que
Ieyasu volvió sus cañones hacia el ala de las mujeres, donde
la madre de Hideyori, Yodogimi, vivía.
Las mujeres eran incapaces de dormir. Una bala de
cañón arrasó el gabinete del té de Yodogimi, matando a
dos de sus criadas, mientras que 100.000 samurais gritaban
dando fuertes alaridos desde las murallas que habían
construido fuera de las habitaciones de Yodogimi.
Hideyori, presionado por su madre y temiendo que el
castillo hubiera sido debilitado, aceptó llegar a un acuerdo:
Ieyasu disolvería su ejército y garantizaría la seguridad
de Hideyori a condición de que Hideyori aceptase no
atacarle y de que a la sazón se inundase el foso exterior
del castillo.
Ieyasu fingió disolver sus fuerzas y les ordenó en su
salida desmantelar la muralla exterior del Castillo de
Osaka y usarlo para rellenar el foso exterior. Después, a
pesar de la objeción de los comandantes de Osaka,
comenzaron a rellenar el segundo. Ieyasu fingió que
debían de haber malinterpretado sus órdenes. Pero las
tropas de Ieyasu capturan el Castillo de Osaka
defensas del Castillo de Osaka habían sido reducidas a
un solo foso y una muralla.
Al verano siguiente, los hombres de Hideyori fueron
tras Ieyasu. Pero su ataque no resultó y esta vez la estrategia
de batalla y la técnica de asedio de Ieyasu funcionaron.
El castillo de Osaka se incendió. Atrapados en su
interior, Hideyori y Yodogimi se suicidaron.
defensas del Castillo de Osaka habían sido reducidas a
un solo foso y una muralla.
Al verano siguiente, los hombres de Hideyori fueron
tras Ieyasu. Pero su ataque no resultó y esta vez la estrategia
de batalla y la técnica de asedio de Ieyasu funcionaron.
El castillo de Osaka se incendió. Atrapados en su
interior, Hideyori y Yodogimi se suicidaron.
El ronm
IV Historias del ronin
EL RONIN
Bajo los sogunes Tokugawa muchos de los daimios menores
fueron exiliados y sus ejércitos fueron disueltos, dando
lugar a una clase de samurais sin señor. Éstos recibieron
el nombre de ronin, que significa «hombre ola», alguien
que va de un lugar a otro como llevado por las olas del
mar.
El ronin no tenía ni clan ni señor y con frecuencia se
les trataba como marginados. Tenían que arreglárselas solos
y recorrían el país en busca de trabajo. Pero al estar libres
de la obligación de servir a un señor, muchos ronins se
hicieron tremendamente independientes. En esto eran
diferentes a cualquier otro samurai cuya lealtad estaba
siempre comprometida con su señor.
Algunos ronins aterrorizaban a los campesinos en las
aldeas. Otros eran contratados para proteger los pueblos
o servían a adinerados mercaderes como guardaespaldas.
Algunos daban lecciones de bujutsu, artes marciales. Y
algunos alcanzaron la fama como maestros espadachines.
Uno de tales ronins fue quizá uno de los samurais más
famosos de todos: Miyamoto Musashi.
fueron exiliados y sus ejércitos fueron disueltos, dando
lugar a una clase de samurais sin señor. Éstos recibieron
el nombre de ronin, que significa «hombre ola», alguien
que va de un lugar a otro como llevado por las olas del
mar.
El ronin no tenía ni clan ni señor y con frecuencia se
les trataba como marginados. Tenían que arreglárselas solos
y recorrían el país en busca de trabajo. Pero al estar libres
de la obligación de servir a un señor, muchos ronins se
hicieron tremendamente independientes. En esto eran
diferentes a cualquier otro samurai cuya lealtad estaba
siempre comprometida con su señor.
Algunos ronins aterrorizaban a los campesinos en las
aldeas. Otros eran contratados para proteger los pueblos
o servían a adinerados mercaderes como guardaespaldas.
Algunos daban lecciones de bujutsu, artes marciales. Y
algunos alcanzaron la fama como maestros espadachines.
Uno de tales ronins fue quizá uno de los samurais más
famosos de todos: Miyamoto Musashi.
MIYAMOTO MUSASHI
Miyamoto Musashi es conocido hoy en Japón como
Kensei o «El Santo de la Espada». Nació en 1584 y creció
bajo el gobierno de Tokugawa leyasu. Huérfano a la edad
de 7 años, Musashi fue criado por un tío que le animó a
estudiar el arte del kendo, el Camino de la Espada.
Un maestro de kendo aspiraba a fundirse en uno con
su espada, hasta que no hubiera ni espada, ni ira, ni miedo.
Un maestro se movería sin pensar, tratando a su enemigo
como a un huésped al que honrar, incluso en el momento
de la derrota.
El joven Musashi era fuerte y agresivo. Estudió la técnica
de la espada y en su primer duelo, a la edad de 13
años, mató a su oponente samurai.
En los tiempos de Musashi, cada daimio mantenía un
dojo o escuela de artes marciales donde se entrenaban sus
guerreros. Los ronins recorrían los campos retando a los
miembros de estas escuelas y a sus maestros, o sensei, a
duelos. A los 16 años, Musashi abandonó su hogar para
retar a espadachines de todo Japón. A la edad de 28 años,
había combatido en más de 60 duelos y había ido a la guerra
seis veces, luchando contra leyasu en la Batalla de
Sekigahara, la mayor batalla entre samurais de todos los
tiempos.
El duelo más famoso de Musashi fue con Sasaki Kojiro.
Kojiro era un joven samurai que había desarrollado una
nueva técnica con la espada basada en los movimientos de
la cola de la golondrina al volar. El combate estaba programado
para las ocho de la mañana en una isla desierta.
La noche anterior al duelo, Musashi cambió de alojamiento,
alimentando con ello el rumor de que huía para
salvar su vida. A la mañana siguiente, los testigos y su contrincante
estaban reunidos en la isla. Pero Musashi no
apareció. Se envió un testigo a buscarlo y le encontraron
dormido.
Musashi se levantó y sin lavarse ni peinarse se fue
directo a la barca que le estaba esperando para llevarle a la
isla. De camino al duelo, se sujetó el pelo en lo alto con
una toalla y se recogió las mangas de su kimono con unas
cuerdas de papel. Tras lo cual talló una espada de madera
de un remo que le sobraba y se tumbó para descansar.
Cuando la barca se acercaba a la orilla, Musashi saltó
al agua y salpicó a su enemigo. Kojiro que, elegantemente
vestido, esperaba circunspecto, sacó su espada.
«No volverás a tener necesidad de eso», dijo Musashi
apoyando su remo a un lado. Kojiro, enfurecido, asestó
un golpe con su espada hacia donde estaba Musashi. La
toalla que envolvía el pelo de Musashi cayó al suelo cortada
en dos por la espada de Kojiro. En ese mismo
momento, Musashi desplazó el remo hacia arriba describiendo
un único y veloz arco, bloqueando la estocada,
acto seguido golpeó con su remo la cabeza de Kojiro.
Kojiro se desplomó hacia delante cortando con su espada
el dobladillo del kimono de Musashi al caer. El joven
samurai estaba muerto. Musashi dio un paso atrás, hizo
una educada reverencia a los sorprendidos testigos y se
marchó en su barca.
Después de su duelo con Kojiro, Musashi dejo de usar
espadas de verdad en los duelos. Su habilidad era tal que
era ya una leyenda en su tiempo. Pero a los 30 años decidió
que había ganado todas las pruebas a base de pura técnica,
no de estrategia. Así que deambuló de provincia en
provincia, practicando para perfeccionar su estrategia. Se
dice que ofrecía un aspecto terrible porque nunca se
bañaba, ni acicalaba sus cabellos ni se preocupaba de sus
ropas: nadie le pillaría por sorpresa desarmado.
A la edad de 50 años, se estableció en la isla de Kyushu
donde se dedicó a la enseñanza, la poesía, el dibujo a la
tinta, y la escultura. Durante unos años, vivió como huésped
de un señor en su hermoso castillo. Pero durante los
últimos años de su vida se retiró a una cueva para vivir
como un ermitaño. Allí practicó la meditación y escribió
su obra maestra, Un libro de cinco anillos, una guía sobre
estrategia que todavía es leída por estudiantes de kendo y
de negocios.
Kensei o «El Santo de la Espada». Nació en 1584 y creció
bajo el gobierno de Tokugawa leyasu. Huérfano a la edad
de 7 años, Musashi fue criado por un tío que le animó a
estudiar el arte del kendo, el Camino de la Espada.
Un maestro de kendo aspiraba a fundirse en uno con
su espada, hasta que no hubiera ni espada, ni ira, ni miedo.
Un maestro se movería sin pensar, tratando a su enemigo
como a un huésped al que honrar, incluso en el momento
de la derrota.
El joven Musashi era fuerte y agresivo. Estudió la técnica
de la espada y en su primer duelo, a la edad de 13
años, mató a su oponente samurai.
En los tiempos de Musashi, cada daimio mantenía un
dojo o escuela de artes marciales donde se entrenaban sus
guerreros. Los ronins recorrían los campos retando a los
miembros de estas escuelas y a sus maestros, o sensei, a
duelos. A los 16 años, Musashi abandonó su hogar para
retar a espadachines de todo Japón. A la edad de 28 años,
había combatido en más de 60 duelos y había ido a la guerra
seis veces, luchando contra leyasu en la Batalla de
Sekigahara, la mayor batalla entre samurais de todos los
tiempos.
El duelo más famoso de Musashi fue con Sasaki Kojiro.
Kojiro era un joven samurai que había desarrollado una
nueva técnica con la espada basada en los movimientos de
la cola de la golondrina al volar. El combate estaba programado
para las ocho de la mañana en una isla desierta.
La noche anterior al duelo, Musashi cambió de alojamiento,
alimentando con ello el rumor de que huía para
salvar su vida. A la mañana siguiente, los testigos y su contrincante
estaban reunidos en la isla. Pero Musashi no
apareció. Se envió un testigo a buscarlo y le encontraron
dormido.
Musashi se levantó y sin lavarse ni peinarse se fue
directo a la barca que le estaba esperando para llevarle a la
isla. De camino al duelo, se sujetó el pelo en lo alto con
una toalla y se recogió las mangas de su kimono con unas
cuerdas de papel. Tras lo cual talló una espada de madera
de un remo que le sobraba y se tumbó para descansar.
Cuando la barca se acercaba a la orilla, Musashi saltó
al agua y salpicó a su enemigo. Kojiro que, elegantemente
vestido, esperaba circunspecto, sacó su espada.
«No volverás a tener necesidad de eso», dijo Musashi
apoyando su remo a un lado. Kojiro, enfurecido, asestó
un golpe con su espada hacia donde estaba Musashi. La
toalla que envolvía el pelo de Musashi cayó al suelo cortada
en dos por la espada de Kojiro. En ese mismo
momento, Musashi desplazó el remo hacia arriba describiendo
un único y veloz arco, bloqueando la estocada,
acto seguido golpeó con su remo la cabeza de Kojiro.
Kojiro se desplomó hacia delante cortando con su espada
el dobladillo del kimono de Musashi al caer. El joven
samurai estaba muerto. Musashi dio un paso atrás, hizo
una educada reverencia a los sorprendidos testigos y se
marchó en su barca.
Después de su duelo con Kojiro, Musashi dejo de usar
espadas de verdad en los duelos. Su habilidad era tal que
era ya una leyenda en su tiempo. Pero a los 30 años decidió
que había ganado todas las pruebas a base de pura técnica,
no de estrategia. Así que deambuló de provincia en
provincia, practicando para perfeccionar su estrategia. Se
dice que ofrecía un aspecto terrible porque nunca se
bañaba, ni acicalaba sus cabellos ni se preocupaba de sus
ropas: nadie le pillaría por sorpresa desarmado.
A la edad de 50 años, se estableció en la isla de Kyushu
donde se dedicó a la enseñanza, la poesía, el dibujo a la
tinta, y la escultura. Durante unos años, vivió como huésped
de un señor en su hermoso castillo. Pero durante los
últimos años de su vida se retiró a una cueva para vivir
como un ermitaño. Allí practicó la meditación y escribió
su obra maestra, Un libro de cinco anillos, una guía sobre
estrategia que todavía es leída por estudiantes de kendo y
de negocios.
LA HISTORIA DE LOS 47 RONINS
Ninguna historia simboliza mejor los ideales de los samurais
de honor, entrega y lealtad que La historia de los 47
ronins de Ako.
En el año 1701, el sogún planeaba recibir en su castillo
a tres embajadores del emperador de Japón que presentarían
los saludos de Año Nuevo. Sería una ocasión formal
que requeriría ceremonias elaboradas.
El sogún encargó al noble Asano que encabezase las
ceremonias, pero éste, que era de la provinciana ciudad de
Ako, no estaba familiarizado con las intrincadas costumbres
Una escena de Los 47 ronins
de la corte. De forma que tendría que depender de los
consejos del Maestro de protocolo de la corte del sogún,
Kira Yoshinaka.
El noble Asano envió a Kira regalos en pago por su
ayuda. Kira no estaba satisfecho con dichos presentes pero
no dijo nada. En su lugar, fingió querer ayudar pero en
realidad ignoraría al noble Asano, o peor aún, le diría algo
equivocado. Así, el noble al llegar a la corte vestido con
pantalón corto, tal y como Kira le había aconsejado, se
encontró con que todos llevaban pantalón largo.
El noble Asano intentó hacerlo lo mejor que pudo
pero, en la ceremonia de despedida, quedó profundamente
avergonzado al colocarse en el lugar erróneo. Kira no le
estaba ayudando. Encolerizado, Asano lanzó su wakizashi
y le hizo un corte a Kira en la frente.
El sogún se puso furioso: incluso sacar un arma en la
corte era una grave ofensa. Ordenó al noble Asano realizar
la ceremonia del seppuku, el nombre formal para el
harakiri. El noble escribió su poema de despedida y se
suicidio. Sus tierras fueron confiscadas y sus 47 samurais
se convirtieron en ronins.
La ceremonia de seppuku
Los 47 juraron que vengarían la muerte de su señor, a
pesar de que sabían que el sogún también les ordenaría
que se suicidasen si lograban matar a Kira. Pero para
un samurai la vida es corta, como un cerezo, florece para
marchitarse después. El honor es más importante.
Kira sospechaba un complot y tenía hombres vigilando.
Así estuvo durante dos años, los ronins fingían llevar
vidas disolutas, emborrachándose de taberna en taberna y
malgastando el tiempo en mujeres.
Una noche en que nevaba, vestidos con una armadura
que habían fabricado en secreto, los 47 ronins se colaron
en la mansión de Kira y le cortaron la cabeza. Envolviendo
Los 47 ronins cobrando su venganza
su truculento trofeo en un paño blanco, lo depositaron
sobre la tumba del noble Asano con un mensaje que reclamaba
su autoría.
Tal y como esperaban, el sogún ordenó su suicidio. Y
en 1703, los ronins llevaron a cabo su orden.
La gente de Japón declaró a los 47 ronins héroes y fueron
enterrados cerca de su señor, Asano. Todavía hoy la
gente visita su tumba y su historia es contada en libros,
obras de teatro y películas.
de honor, entrega y lealtad que La historia de los 47
ronins de Ako.
En el año 1701, el sogún planeaba recibir en su castillo
a tres embajadores del emperador de Japón que presentarían
los saludos de Año Nuevo. Sería una ocasión formal
que requeriría ceremonias elaboradas.
El sogún encargó al noble Asano que encabezase las
ceremonias, pero éste, que era de la provinciana ciudad de
Ako, no estaba familiarizado con las intrincadas costumbres
Una escena de Los 47 ronins
de la corte. De forma que tendría que depender de los
consejos del Maestro de protocolo de la corte del sogún,
Kira Yoshinaka.
El noble Asano envió a Kira regalos en pago por su
ayuda. Kira no estaba satisfecho con dichos presentes pero
no dijo nada. En su lugar, fingió querer ayudar pero en
realidad ignoraría al noble Asano, o peor aún, le diría algo
equivocado. Así, el noble al llegar a la corte vestido con
pantalón corto, tal y como Kira le había aconsejado, se
encontró con que todos llevaban pantalón largo.
El noble Asano intentó hacerlo lo mejor que pudo
pero, en la ceremonia de despedida, quedó profundamente
avergonzado al colocarse en el lugar erróneo. Kira no le
estaba ayudando. Encolerizado, Asano lanzó su wakizashi
y le hizo un corte a Kira en la frente.
El sogún se puso furioso: incluso sacar un arma en la
corte era una grave ofensa. Ordenó al noble Asano realizar
la ceremonia del seppuku, el nombre formal para el
harakiri. El noble escribió su poema de despedida y se
suicidio. Sus tierras fueron confiscadas y sus 47 samurais
se convirtieron en ronins.
La ceremonia de seppuku
Los 47 juraron que vengarían la muerte de su señor, a
pesar de que sabían que el sogún también les ordenaría
que se suicidasen si lograban matar a Kira. Pero para
un samurai la vida es corta, como un cerezo, florece para
marchitarse después. El honor es más importante.
Kira sospechaba un complot y tenía hombres vigilando.
Así estuvo durante dos años, los ronins fingían llevar
vidas disolutas, emborrachándose de taberna en taberna y
malgastando el tiempo en mujeres.
Una noche en que nevaba, vestidos con una armadura
que habían fabricado en secreto, los 47 ronins se colaron
en la mansión de Kira y le cortaron la cabeza. Envolviendo
Los 47 ronins cobrando su venganza
su truculento trofeo en un paño blanco, lo depositaron
sobre la tumba del noble Asano con un mensaje que reclamaba
su autoría.
Tal y como esperaban, el sogún ordenó su suicidio. Y
en 1703, los ronins llevaron a cabo su orden.
La gente de Japón declaró a los 47 ronins héroes y fueron
enterrados cerca de su señor, Asano. Todavía hoy la
gente visita su tumba y su historia es contada en libros,
obras de teatro y películas.
MUSASHI Y LAS MOSCAS
Un día, tres ronins estaban cenando en una posada cuando
otro samurai se sentó a comer a cierta distancia de ellos.
Sus ropas estaban ajadas y sucias y su pelo desordenado.
Pero en su cinto llevaba dos hermosas espadas, decoradas
con oro y piedras preciosas. El hombre parecía un mendigo
pero las espadas valían una fortuna. De forma que los
ronins decidieron que provocarían al extraño para que
pelease, se le echarían encima y le robarían.
Alzando la voz, empezaron a insultar al extraño
samurai. «¡Menudo mamarracho!» dijo uno. «Sus antepasados
debieron ser cerdos», dijo otro. Reían a carcajadas.
Pero el extraño ni les miró. No parecía siquiera darse
cuenta de las moscas que volaban alrededor de su cabeza,
mientras comía tranquilamente su arroz con los palillos.
Las voces de los ronins se hicieron más altas e insultantes.
Pero el extraño samurai simplemente se limitó a
terminar su arroz y a poner su cuenco a un lado. Después
sin levantar la cabeza, movió en el aire los palillos.
¡Zip...zip...zip...zip! Con cuatro movimientos precisos
atrapó a las moscas en el aire y las puso en su cuenco. No
hubo ni un zumbido más.
Y la taberna también se quedó en silencio. Ya que los
tres ronins, al reconocer al maestro, habían huido.
El samurai, por supuesto, era Miyamoto Musashi,
otro samurai se sentó a comer a cierta distancia de ellos.
Sus ropas estaban ajadas y sucias y su pelo desordenado.
Pero en su cinto llevaba dos hermosas espadas, decoradas
con oro y piedras preciosas. El hombre parecía un mendigo
pero las espadas valían una fortuna. De forma que los
ronins decidieron que provocarían al extraño para que
pelease, se le echarían encima y le robarían.
Alzando la voz, empezaron a insultar al extraño
samurai. «¡Menudo mamarracho!» dijo uno. «Sus antepasados
debieron ser cerdos», dijo otro. Reían a carcajadas.
Pero el extraño ni les miró. No parecía siquiera darse
cuenta de las moscas que volaban alrededor de su cabeza,
mientras comía tranquilamente su arroz con los palillos.
Las voces de los ronins se hicieron más altas e insultantes.
Pero el extraño samurai simplemente se limitó a
terminar su arroz y a poner su cuenco a un lado. Después
sin levantar la cabeza, movió en el aire los palillos.
¡Zip...zip...zip...zip! Con cuatro movimientos precisos
atrapó a las moscas en el aire y las puso en su cuenco. No
hubo ni un zumbido más.
Y la taberna también se quedó en silencio. Ya que los
tres ronins, al reconocer al maestro, habían huido.
El samurai, por supuesto, era Miyamoto Musashi,
El samurai en su jardín
V La vida diaria de un samurai
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