De.licio.us Dada
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Por arkaiko

E L   E N T I E R R O

P R E M A T U R O

E D G A R   A L L A N   P O E






EL ENTIERRO PREMATURO

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
 morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las
predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
 muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto)
 por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.

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Por arkaiko

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Por arkaiko

  LOS AMADOS MUERTOS

H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

 

 

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.

Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.

Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.

Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.

Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues...¡nada!

Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.

Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.

Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad...

las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!

Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...

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