De.licio.us Dada
Tag poe

Por arkaiko

E L   E N T I E R R O

P R E M A T U R O

E D G A R   A L L A N   P O E






EL ENTIERRO PREMATURO

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
 morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las
predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
 muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto)
 por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.

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Por arkaiko

Edgar Allan Poe >< EL GATO NEGRO

 

 

Edgar Allan Poe
El gato negro
___
No espero ni pido que nadie crea el extraño aunque simple relato que voy a escribir. Estaría
completamente loco si lo esperase, pues mis sentidos rechazan su evidencia. Pero no estoy loco,
y sé perfectamente que esto no es un sueño. Mañana voy a morir, y quiero de alguna forma
aliviar mi alma. Mi intención inmediata consiste en poner de manifiesto simple y llanamente y
sin comentarios una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de estos episodios me
han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no voy a explicarlos. Si
para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barroques. En el
futuro, quizá aparezca alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes, una
inteligencia más tranquila, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las
circunstancias que voy a describir con miedo una simple sucesión de causas y efectos
naturales.
Desde la infancia sobresalí por docilidad y bondad de carácter. La ternura de corazón era tan
grande que llegué a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban, de
forma singular, los animales, y mis padres me permitían tener una variedad muy amplia.
Pasaba la mayor parte de mi tiempo con ellos y nunca me sentía tan feliz como cuando les daba
de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter crecía conmigo y, cuando llegué a la
madurez, me proporcionó uno de los mayores placeres. Quienes han sentido alguna vez afecto
por un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la
intensidad de la satisfacción que se recibe. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un
animal que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha probado la falsa amistad y
frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi mujer compartiera mis preferencias. Cuando
advirtió que me gustaban los animales domésticos, no perdía ocasión para proporcionarme los
más agradables. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un mono
pequeño y un gato.
Este último era un hermoso animal, bastante grande, completamente negro y de una
sagacidad asombrosa. Cuando se refería a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era
bastante supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los
gatos negros eran brujas disfrazadas. No quiero decir que lo creyera en serio, y sólo menciono el
asunto porque acabo de recordarla.
Pluto- pues así se llamaba el gato- era mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer, y
él en casa me seguía por todas partes. Incluso me resultaba difícil impedirle que siguiera mis
pasos por la calle.
Nuestra amistad duró varios años, en el transcurso de los cuales mi temperamento y mi
carácter, por causa del demonio Intemperancia (y me pongo rojo al confesarlo), se habían
alterado radicalmente. Día a día me fui volviendo más irritable, malhumorado e indiferente
hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a usar palabras duras con mi mujer, y terminé
recurriendo a la violencia física. Por supuesto, mis favoritos sintieron también el cambio de mi
carácter.
No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Sin embargo, hacia Pluto sentía el
suficiente respeto como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el
mono y hasta el perro, cuando, por casualidad o por afecto, se cruzaban en mi camino. Pero mi
enfermedad empeoraba- pues, ¿qué enfermedad se puede comparar con el alcohol?-, y al fin
incluso Pluto, que ya empezaba a ser viejo y, por tanto, irritable, empezó a sufrir las
consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente borracho, después de una de mis correrías
por el centro de la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré y, asustado
por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al instante se apoderó de mí una furia de
diablos y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separaba de un golpe del
cuerpo; y una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de
mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras seguía sujetando al
pobre animal por el pescuezo y deliberadamente le saqué un ojo. Me pongo más rojo que un
tomate, siento vergüenza, tiemblo mientras escribo tan reprochable atrocidad.
Cuando me volvió la razón con la mañana, cuando el sueño hubo disipado los vapores de la
orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen del que era
culpable, pero sólo era un sentimiento débil y equívoco, y no llegó a tocar mi alma. Otra vez me
hundí en los excesos y pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato mientras tanto mejoraba lentamente. La cuenca del ojo perdido presentaba un
horrible aspecto, pero el animal parecía que ya no sufría. Se paseaba, como de costumbre, por
la casa; aunque, como se puede imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba bastante de
mi antigua forma de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que
una vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento pronto cedió paso a la irritación. Y
entonces se presentó, para mi derrota final e irrevocable, el espíritu de la PERVERSIDAD. La
filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo, estoy tan seguro de que mi alma existe
como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano... una de
las facultades primarias indivisibles, uno de los sentimientos que dirigen el carácter del
hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en los momentos en que cometía
una acción estúpida o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en
nosotros una tendencia permanente, que nos enfrenta con el sentido común, a transgredir lo
que constituye la Ley por el simple hecho de serlo (existir)? Este espíritu de perversidad se
presentó, como he dicho, en mi caída final. Y ese insondable anhelo que tenía el alma de vejarse
a sí misma, de violentar su naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, me empujó a
continuar y finalmente a consumar el suplicio que había infligido al inocente animal. Una
mañana, a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol, lo
ahorqué mientras las lágrimas me brotaban de los ojos y el más amargo remordimiento me
retorcía el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro
de que no me había dado motivos para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo,
cometía un pecado, un pecado mortal que pondría en peligro mi alma hasta llevarla- si esto
fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del dios más misericordioso y más
terrible.
La noche del día en que cometí ese acto cruel me despertaron gritos de «¡Fuego!» La ropa de
mi cama era una llama, y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar
del incendio mi mujer, un criado y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron
y desde ese momento no me quedó más remedio que resignarme.
No caeré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y la
acción criminal que cometí. Simplemente me limito a detallar una cadena de hechos, y no
quiero dejar suelto ningún eslabón. Al día siguiente del incendio visité las ruinas. Todas las
paredes, salvo una, se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio, de
poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual antes se apoyaba la cabecera de
mi cama. El yeso del tabique había aguantado la acción del fuego, algo que atribuí a su reciente
aplicación. Una apretada muchedumbre se había reunido alrededor de esta pared y varias
personas parecían examinar parte de la misma atenta y minuciosamente. Las palabras
«¡extraño!, ¡curioso!» y otras parecidas despertaron mi curiosidad. Al acercarme más vi que en la
blanca superficie, grabada en bajorrelieve, aparecía la figura de un gigantesco gato. El contorno
tenía una nitidez verdaderamente extraordinaria. Había una cuerda alrededor del pescuezo del
animal.
Al descubrir esta aparición- ya que no podía considerarla otra cosa- el asombro y el terror me
dominaron. Pero la reflexión vino en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín
colindante con la casa. Cuando se produjo la alarma del incendio, la gente invadió
inmediatamente el jardín: alguien debió cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la
ventana abierta. Sin duda habían tratado así de despertarse.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el yeso
recién encalado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo
la imagen que ahora veía.
Aunque, con estas explicaciones, quedó satisfecha mi razón, pero no mi conciencia, sobre el
asombroso hecho que acabo de describir, lo ocurrido impresionó profundamente mi
imaginación. Durante meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo
dominó mi espíritu un sentimiento informe, que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué
incluso a lamentar la pérdida del gato y a buscar, en los sucios antros que habitualmente
frecuentaba, otro animal de la misma especie y de apariencia parecida, que pudiera ocupar su
lugar.
Una noche, medio borracho, me encontraba en una taberna pestilente, y me llamó la
atención algo negro posado en uno de los grandes toneles de ginebra, que constituían el
principal mobiliario del lugar. Durante unos minutos había estado mirando fijamente ese tonel
y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra de encima. Me
acerqué a él y lo toqué con la mano. Era un gato negro, un gato muy grande, tan grande como
Pluto y exactamente igual a éste, salvo en un detalle. Pluto no tenía ni un pelo blanco en el
cuerpo, mientras este gato mostraba una mancha blanca, tan grande como indefinida, que le
cubría casi todo el pecho.
Al acariciarlo, se levantó en seguida, empezó a ronronear con fuerza, se restregó contra mi
mano y pareció encantado de mis cuitas. Había encontrado al animal que estaba buscando.
Inmediatamente propuse comprárselo al tabernero, pero me contestó que no era suyo, y que no
lo había visto nunca antes ni sabía nada del gato.
Seguí acariciando al gato y, cuando iba a irme a casa, el animal se mostró dispuesto a
acompañarme. Le permití que lo hiciera, parándome una y otra vez para agacharme y
acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró en seguida y pronto se convirtió en el gran
favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí que nacía en mí una antipatía hacia el animal. Era exactamente lo
contrario de lo que yo había esperado, pero- sin que pueda justificar cómo ni por qué- su
evidente afecto por mí me disgustaba y me irritaba. Lentamente tales sentimientos de disgusto y
molestia se transformaron en la amargura del odio. Procuraba no encontrarme con el animal;
un resto de vergüenza y el recuerdo de mi acto de crueldad me frenaban de maltratarlo.
Durante algunas semanas no le pegué ni fue la víctima de mi violencia; pero gradualmente,
muy gradualmente, llegué a sentir una inexpresable repugnancia por él y a huir en silencio de
su odiosa presencia, como si fuera un brote de peste.
Lo que probablemente contribuyó a aumentar mi odio hacia el animal fue descubrir, a la
mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Pluto, no tenía un ojo. Sin
embargo, fue precisamente esta circunstancia la que le hizo más agradable a los ojos de mi
mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que una vez
fueron mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y puros.
El cariño del gato hacia mí parecía aumentar en la misma proporción que mi aversión hacia
él. Seguía mis pasos con una testarudez que me resultaría difícil hacer comprender al lector.
Dondequiera que me sentara venía a agazaparse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas,
cubriéndome con sus repugnantes caricias. Si me ponía a pasear, se metía entre mis pies y así,
casi, me hacía caer, o clavaba sus largas y afiladas garras en mi ropa y de esa forma trepaba
hasta mi pecho. En esos momentos, aunque deseaba hacerlo desaparecer de un golpe, me
sentía completamente paralizado por el recuerdo de mi crimen anterior, pero sobre todo- y
quiero confesarlo aquí- por un terrible temor al animal.
Aquel temor no era exactamente miedo a un mal físico, y, sin embargo, no sabría definirlo de
otra manera. Me siento casi avergonzado de admitir- sí, aun en esta celda de criminales me
siento casi avergonzado de admitir que el terror, el horror que me causaba aquel animal, era
alimentado por una de las más insensatas quimeras que fuera posible concebir. Más de una vez
mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha de pelo blanco, de la cual
ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre este extraño animal y el que yo había
matado. El lector recordará que esta mancha, aunque era grande, había sido al principio muy
indefinida, pero, gradualmente, de forma casi imperceptible mi razón tuvo que luchar durante
largo tiempo para rechazarla como imaginaria, la mancha iba adquiriendo una rigurosa nitidez
en sus contornos. Ahora ya representaba algo que me hace temblar cuando lo nombro- y por
eso odiaba, temía y me habría librado del monstruo si me hubiese atrevido a hacerlo-;
representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra... ¡la imagen del PATÍBULO! ¡Oh
lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Y entonces me sentí más miserable que todas las miserias del mundo juntas. ¡Pensar que
una bestia, cuyo semejante yo había destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de
producir esa angustia tan insoportable sobre mí, un hombre creado a imagen y semejanza de
Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del descanso! De día, ese animal
no me dejaba ni un instante solo; y de noche, me despertaba sobresaltado por sueños
horrorosos sintiendo el ardiente aliento de aquella cosa en mi rostro y su enorme pesoencarnada
pesadilla que no podía quitarme de encima- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo la opresión de estos tormentos, sucumbió todo lo poco que me quedaba de bueno. Sólo
los malos pensamientos disfrutaban de mi intimidad; los más retorcidos, los más perversos
pensamientos. La tristeza habitual de mi mal humor terminó convirtiéndose en aborrecimiento
de todo lo que estaba a mi alrededor y de toda la humanidad; y mi mujer, que no se quejaba de
nada, llegó a ser la más habitual y paciente víctima de las repentinas y frecuentes explosiones
incontroladas de furia a las que me abandonaba.
Un día, por una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra
pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió escaleras abajo y casi me hizo caer de cabeza,
por lo que me desesperé casi hasta volverme loco. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los
temores infantiles que hasta entonces habían detenido mi mano, lancé un golpe que hubiera
causado la muerte instantánea del animal si lo hubiera alcanzado. Pero la mano de mi mujer
detuvo el golpe. Su intervención me llenó de una rabia más que demoníaca; me solté de su
abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Cayó muerta a mis pies, sin un quejido.
Consumado el horrible asesinato, me dediqué urgentemente y a sangre fría a la tarea de
ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo
de que los vecinos me vieran. Se me ocurrieron varias ideas. Por un momento pensé
descuartizar el cadáver y quemarlo a trozos. Después se me ocurrió cavar una tumba en el piso
del sótano. Luego consideré si no convenía arrojarlo al pozo del patio, o meterlo en una caja,
como si fueran mercancías, y, con los trámites normales, y llamar a un mozo de cuerda para
que lo retirase de la casa. Por fin, di con lo que me pareció el mejor recurso. Decidí emparedar
el cadáver en el sótano, tal como se cuenta que los monjes de la Edad Media emparedaban a
sus víctimas.
El sótano se prestaba bien para este propósito. Las paredes eran de un material poco
resistente, y estaban recién encaladas con una capa de yeso que la humedad del ambiente no
había dejado endurecer. Además, en una de las paredes había un saliente, una falsa chimenea,
que se había rellenado de forma que se pareciera al resto del sótano. Sin ningún género de
dudas se podían quitar fácilmente los ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y tapar el
agujero como antes, de forma que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Con una palanca saqué fácilmente los ladrillos y, después
de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo mantuve en esa posición mientras
colocaba de nuevo los ladrillos en su forma original Después de procurarme argamasa, arena y
cerda, preparé con precaución un yeso que no se distinguía del anterior, y revoqué
cuidadosamente el enladrillado. Terminada la tarea, me sentí satisfecho de que todo hubiera
quedado bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido alterada. Recogí del suelo los
cascotes más pequeños. Y triunfante miré alrededor y me dije: «Aquí, por lo menos, no he
trabajado en vano»
El paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había causado tanta desgracia; pues por
fin me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera aparecido ante mí, habría
quedado sellado su destino, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi
primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no se me pasara mi mal humor. Es
imposible describir, ni imaginar el profundo y feliz sentimiento de alivio que la ausencia del
odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así, por primera vez desde su
llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, incluso con el peso
del asesinato en mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y no volvía mi atormentador. Una vez más respiré como un
hombre libre. ¡El monstruo aterrorizado había huido de casa para siempre! ¡No volvería a verlo!
Grande era mi felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba poco. Se hicieron algunas
investigaciones, a las que me costó mucho contestar. Incluso registraron la casa, pero
naturalmente no se descubrió nada. Consideraba que me había asegurado mi felicidad futura.
Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en la casa
intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa inspección. Seguro de que mi escondite
era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me pidieron que los acompañara en
su registro. No dejaron ningún rincón ni escondrijo sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez
bajaron al sótano. No me temblaba ni un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el
de quien duerme en la inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Había cruzado los
brazos sobre el pecho e iba tranquilamente de acá para allá. Los policías quedaron totalmente
satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo de mi corazón era demasiado fuerte para ser
reprimido. Ardía en deseos de decirles, al menos, una palabra como prueba de triunfo y de
asegurar doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.
-Caballeros- dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro de haber disipado sus
sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Por cierto, caballeros, esta casa esta
muy bien construida... (En mi rabioso deseo de decir algo con naturalidad, no me daba cuenta
de mis palabras.). Repito que es una casa excelentemente construida. Estas paredes... ¿ya se
van ustedes, caballeros?... estas paredes son de gran solidez.
Y entonces, empujado por el frenesí de mis bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que
llevaba en la mano sobre la pared de ladrillo tras la cual estaba el cadáver de la esposa de mi
alma.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco
de mis golpes, y una voz me contestó desde dentro de la tumba. Un quejido, ahogado y
entrecortado al principio, como el sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta
convertirse en un largo, agudo y continuo grito, completamente anormal e inhumano, un
aullido, un alarido quejumbroso, mezcla de horror y de triunfo, como sólo puede surgir en el
infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la
condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento es una locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome
hasta la pared de enfrente. Por un instante el grupo de hombres de la escalera se quedó
paralizado por el espantoso terror. Luego, una docena de robustos brazos atacó la pared, que
cayó de un golpe. El cadáver, ya corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció de pie
ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo de
fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había llevado al asesinato y cuya voz
delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

 

 

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El Corazón Delator // POE

 


Edgar Allan Poe


¡ES VERDAD! nervioso, muy, muy terriblemente nervioso yo había sido y soy; ¿pero por qué dirán
ustedes que soy loco? La enfermedad había aguzado mis sentidos, no destruido, no entorpecido. Sobre
todo estaba la penetrante capacidad de oír. Yo oí todas las cosas en el cielo y en la tierra. Yo oí
muchas cosas en el infierno. ¿Cómo entonces soy yo loco? ¡Escuchen! y observen cuan
razonablemente, cuan serenamente, puedo contarles toda la historia.
Es imposible decir cómo primero la idea entró en mi cerebro, pero, una vez concebida, me acosó día y
noche. Objeto no había ninguno. Pasión no había ninguna. Yo amé al viejo. El nunca me había hecho
mal. Él no me había insultado. De su oro no tuve ningún deseo. ¡Creo que fue su ojo! Sí, ¡fue eso!
Uno de sus ojos parecía como el de un buitre -- un ojo azul pálido con una nube encima. Cada vez que
caía sobre mí, la sangre se me helaba, y entonces de a poco, muy gradualmente, me decidí a tomar la
vida del viejo, y así librarme del ojo para siempre.
Ahora éste es el punto. Ustedes me imaginan loco. Los locos no saben nada. Pero ustedes deberían
haberme visto. Ustedes deberían haber visto cuan sabiamente yo procedí --¡con qué cuidado! -- ¡con
qué previsión, con qué disimulo, yo me puse a trabajar! Nunca fui más amable con el viejo que
durante toda la semana antes de matarlo. Y cada noche cerca de la medianoche yo giraba el picaporte
de su puerta y lo abría, ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando había hecho una apertura suficiente
para mi cabeza, ponía una oscura linterna sorda todo cerrada, cerrada para que ninguna luz saliera, y
entonces metía mi cabeza. ¡Oh, ustedes habrían reído al ver cuan hábilmente la metía! La movía
lentamente, muy, muy lentamente, para no perturbar el sueño del viejo. Me tomó una hora poner mi
cabeza entera dentro de la apertura hasta poder ver como él yacía sobre su cama. ¡Ja! ¿habría sido un
loco tan inteligente como para hacer esto? Y entonces cuando mi cabeza estaba bien dentro del cuarto
abrí la linterna cuidadosamente -- oh, tan cuidadosamente -- cuidadosamente (ya que los goznes
crujían), la abrí apenas tanto como para que un único rayo delgado cayera sobre el ojo de buitre. Y
esto lo hice durante siete largas noches, cada noche sólo a la medianoche, pero encontraba el ojo
siempre cerrado, y así era imposible hacer el trabajo, porque no era el viejo quien me vejaba sino su
Ojo Perverso. Y todas las mañanas, cuando el día irrumpía, iba con audacia a su cuarto y le hablaba
valientemente, llamándolo por su nombre en un tono cordial, y averiguando cómo había pasado la
noche. Entonces pueden ver que tendría que haber sido un viejo muy profundo, en verdad, para
sospechar que cada noche, cerca de las doce, yo lo observaba mientras dormía.
Hacia la octava noche fui más precavido que lo común en abrir la puerta. El minutero de un reloj se
mueve con más rapidez que mi propia mano. Nunca antes de esa noche había yo sentido el alcance de
mis propias facultades, de mi sagacidad. Apenas podía contener mis sentimientos de triunfo. Pensar
que allí estaba yo, abriendo la puerta poco a poco, y él ni siquiera soñaba con mis actos o
pensamientos secretos. Yo casi reí con la idea, y quizás él me oyó, ya que de repente se movió en la
cama como alarmado. Ahora ustedes pueden pensar que di marcha atrás -- pero no. Su cuarto era tan
como negro como la brea con la pesada oscuridad (las persianas estaban bien cerradas por el miedo a
los ladrones), y por eso sabía que él no podía ver que la puerta se abría, y seguí empujándola
constantemente, constantemente.
Entré mi cabeza, y estaba por abrir la linterna, cuando mi pulgar se resbaló sobre la lata que la
cerraba, y el viejo saltó en la cama, gritando, "¿Quién anda ahí?"
Me quedé muy quieto y no dije nada. Durante una hora entera no moví ni un músculo, y mientras
tanto no lo oí acostarse. Todavía estaba sentado en la cama, escuchando; al igual que yo lo he hecho
noche tras noche escuchando los relojes de la muerte en la pared.
En un momento, oí un suave gemido, y supe que era el gemido del terror mortal. No era un gemido de
dolor o de pena -- ¡oh, no! Era el sonido sofocado que se levanta desde el fondo del alma cuando ésta
se sobrecarga de temor. Yo conocía bien el sonido. Hace algunas noches, justo a medianoche, cuando
todo el mundo dormía, ha brotado de mi propio pecho, profundizando, con su tremendo eco, los
terrores que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Yo sabía lo que el viejo sentía, y lo compadecí
aunque en mi corazón riera. Sabía que él había estado despierto desde el primer ruido débil cuando se
había vuelto en la cama. Sus temores habían estado creciendo en él desde entonces. Había tratado de
imaginarlos sin causa, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo, "No es nada, es el viento
en la chimenea, es sólo un ratón corriendo en el piso," o, "es un grillo que ha cantado sólo una vez."
Sí, se había tratado de confortar sí mismo con estas suposiciones; pero fue todo en vano. TODO EN
VANO, porque la Muerte aproximándose a él, lo había acechado con su sombra negra y había
envuelto a la víctima. Y era la influencia fúnebre de la sombra no percibida lo que le hizo sentir,
aunque no veía ni oía, sentir la presencia de mi cabeza dentro del cuarto.
Cuando hube esperado un largo tiempo muy pacientemente sin oír que se recostara, resolví abrir un
poco -- una muy, muy pequeña rendija en la linterna. Así la abría -- ustedes no pueden imaginar qué
tan sigilosamente, sigilosamente - - hasta que al fin un único rayo tenue como el hilo de una araña se
disparó desde la rendija y cayó sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, bien, bien abierto, y me puse furioso al observarlo. Lo vi con perfecta precisión -- todo
un azul sombrío con un horrendo velo encima que heló la misma médula de mis huesos, pero no pude
ver nada más de la persona o cara del viejo, ya que había dirigido el rayo como por instinto
precisamente sobre el punto maldito.
¿Y ahora, no les he dicho que lo que ustedes confunden con locura no es sino la hiperestesia de los
sentidos? ahora, digo, vino a mis oídos un sonido apagado, sordo, penetrante, así como el de un reloj
envuelto en algodón. Reconocí ese sonido también. Era el golpeteo del corazón del viejo. Aumentó mi
furia como el golpeteo de un tambor estimula al soldado en el coraje.
Pero aún así me contuve y me quedé quieto. Apenas respiraba. Sostuve la linterna inmóvil. Traté de
mantener lo más firmemente que pude el rayo sobre el ojo. Mientras tanto el compás infernal del
corazón aumentó. Creció más rápido y más rápido, y más fuerte y más fuerte, cada instante. ¡El terror
del viejo debe haber sido extremo! Se hizo más fuerte, digo, más fuerte cada momento! -- ¿me
entienden bien? Les he contado que soy nervioso: y sí lo soy. Y entonces a la hora muerta de la noche,
en el silencio terrible de esa casa vieja, un ruido tan extraño como ése me excitó a un terror
incontrolable. Pero aún así, por algunos minutos más me contuve y me quedé quieto. Pero el golpeteo
se hizo más fuerte, ¡más fuerte! Pensé que el corazón iba a estallar. Y ahora una inquietud nueva se
apoderó de mí -- ¡el sonido sería oído por un vecino! ¡La hora del viejo había llegado! Con un gran
alarido, abrí la linterna y salté dentro del cuarto. Él gritó una vez -- solamente una vez. En un instante
lo arrastré al piso, y tiré la pesada cama sobre él. Entonces sonreí alegremente, al ver el acto tan bien
hecho. Pero por muchos minutos el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Esto, sin
embargo, no me molestó; no podría oírse a través de la pared. En algún momento cesó. El viejo estaba
muerto. Saqué la cama y examiné el cadáver. Sí, él estaba muerto, bien muerto como una piedra. Puse
mi mano sobre el corazón y la mantuve allí varios minutos. No había pulsación. Bien muerto como
una piedra. Su ojo ya no me molestaría más.
Si todavía me creen loco, ya no lo pensarán cuando describa las precauciones sabias que tomé para el
ocultamiento del cuerpo. La noche pasaba, y trabajé rápidamente, pero en silencio. Lo primero que
hice fue desmembrar el cadáver. Corté la cabeza. Después, los brazos. Después, las piernas.
Levanté tres de las tablas del piso del cuarto, y deposité todo entre las maderas. Luego reemplacé las
placas tan hábilmente tan hábilmente, que ninguno ojo humano -- ni siquiera el suyo -- podría haber
detectado algo fuera de lugar. No había nada para lavar -- ninguna mancha de ningún tipo -- ni un
rastro de sangre -. Había sido demasiado cuidadoso para que eso ocurriera.
Cuando había llegado al fin de estas labores, eran las cuatro en punto --aún oscuro como a
medianoche. Cuando la campanada señaló la hora, hubo un golpe en la puerta de calle. Bajé para abrir
con el corazón alegre, --porque ¿qué había de temer yo ahora? Entraron tres hombres, quienes se
presentaron, con perfecta suavidad, como oficiales de policía. Un grito había sido oído por un vecino
durante la noche; la sospecha de algún crimen se había despertado, la información había llegado a la
oficina de la policía, y ellos (los oficiales) habían sido enviados para investigar las propiedades.
Sonreí, -- ¿porque qué había yo de temer? Les di la bienvenida a los caballeros. El grito, dije, fue mío
en un sueño. El viejo, mencioné, había partido al campo. Llevé a mis visitantes por toda la casa. Los
invité a que buscaran --que buscaran bien. Los conduje, en un momento, a su habitación. Les mostré
sus tesoros, seguros, inalterados. Con el entusiasmo de mi confianza, traje sillas al cuarto, y les rogué
que descansaran aquí de sus fatigas, mientras yo mismo, con la osadía salvaje de mi triunfo perfecto,
coloqué mi propio asiento en el mismo lugar sobre el que descansaba el cadáver de la víctima.
Los oficiales estaban satisfechos. Mi COMPORTAMIENTO los había convencido. Yo estaba
particularmente tranquilo. Ellos se sentaron y mientras yo contestaba animadamente, charlaron de
cosas familiares. Pero, mientras tanto, sentí que me iba poniendo pálido y deseé que se fueran. La
cabeza me dolía, y me imaginé un zumbido en mis oídos; pero ellos aún estaban sentados, y aún
charlaban. El zumbido se hacía más claro: hablé desenfrenadamente para conseguir librarme de lo que
sentía: pero continuó y ganó carácter definitivo -- hasta que, en un momento, descubrí que el ruido
NO estaba dentro de mis oídos.
Sin duda que ahora me puse MUY pálido; pero hablé más fluidamente, y en voz más alta. Sin
embargo el sonido aumentó -- ¿y qué podía hacer? Era un sonido APAGADO, SORDO,
PENETRANTE -- MUY PARECIDO AL QUE HACE UN RELOJ ENVUELTO EN ALGODÓN.
Me costaba respirar, y sin embargo los oficiales no lo oían. Hablé más rápido, más vehementemente
pero el ruido constantemente aumentaba. Me levanté y argumenté sobre tonterías, en un tono alto y
con gesticulaciones violentas; pero el ruido constantemente aumentaba. ¿Por qué no se iban ellos?
Recorrí el piso de aquí para allá con pasos pesados, como si me excitaran a la furia las observaciones
de los hombres, pero el ruido constantemente aumentaba. ¡Oh Dios! ¿qué PODÍA yo hacer? ¡Lancé
espuma -- enloquecí -- maldije! Movía la silla en la que había estado sentado, y la hacía rechinar sobre
las tablas, pero el ruido se levantaba sobre todo y continuamente aumentaba. Se hizo más fuerte --
más fuerte -- ¡más fuerte! Y todavía los hombres charlaban gratamente, y sonreían. ¿Era posible que
no lo oyeran? ¡Dios Todopoderoso! -- ¿nada, nada? ¡Ellos oían! -- ¡ellos sospechaban! -- ¡ellos
SABÍAN! -- ¡ellos se estaban burlando de mi horror! -- esto pensé, y esto pienso. ¡Pero cualquier cosa
era mejor que esta agonía! ¡Cualquier cosa era más tolerable que este desprecio! ¡Ya no podía
soportar más esas sonrisas hipócritas! ¡Sentí que debía gritar o morir! -- y ahora --otra vez
--¡escuchen! ¡más fuerte! ¡más fuerte! ¡más fuerte! ¡MÁS FUERTE! --
"¡Villanos!" grité, "¡no disimulen más! ¡Admito el acto! -- ¡arranquen las tablas! -- ¡aquí, aquí! -- ¡es
el latir de su horrible corazón!"

 

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